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VUELTA A LA URSS

El pueblo ruso, su clase obrera avanza hacia el triunfo de la Revolución. Aquella heróica gesta del octubre rojo la inmortalizó el gran periodista comunista norteamericano Jhonn Reed como los ‘Diez días que estremecieron al mundo’.

Luis Britto García

Especial para la Revista Caracola

Del árbol caído todos hacen leña. No podrán astillar el legado colosal de la Unión Soviética, que contra viento y marea fascista y capitalista mantuvo durante tres cuartos de siglo la primera gran experiencia socialista del planeta.

El mismo día que se constituyó la Unión Soviética, le declararon la guerra el ejército de la tiranía zarista, la contrarrevolución interna y catorce países imperialistas, entre ellos Estados Unidos, que la invadió por Alaska y fue vergonzosamente derrotado.

Antes de convertirse en la segunda potencia del mundo, a diferencia de las otras, la Unión Soviética debió sobrevivir y superar en su territorio el devastador impacto directo de dos Guerras Mundiales: la segunda de ellas con un costo de entre veinte y treinta millones de vidas. El 80% de las bajas del ejército nazi ocurrió en el frente Oriental. De no ser por la Unión, el nazifascismo hubiera ganado la guerra y las razas “inferiores” habrían sido inmediatamente exterminadas o esclavizadas.

No estuvo exento de agresiones, sabotajes y sangre ni un solo día de las cuatro décadas que llevaron a la Unión del atraso del arado de palo a tachonar el firmamento con las estrellas del primer satélite artificial, el primer cosmonauta, la primera cosmonauta, el primer descenso suave no tripulado en la luna.

En medio de esta guerra sanguinaria no cesaba la Unión de anotarse triunfos humanos. Primer país en conceder el voto a la mujer, en reducir la jornada laboral a 7 horas, en establecer el sistema universal de enseñanza pública y gratuita con alimentación y guarderías asimismo gratuitas, en implantar la protección a la salud universal y gratuita, en otorgar baja remunerada por maternidad desde el inicio del embarazo y hasta un año después del parto, vacaciones de un mes, la baja por enfermedad con salario completo, en reconocer la jubilación para los hombres a los 60 años y para las mujeres a los 55.

Mientras tanto, bueno es recordarlo, inventaban los soviéticos el arte abstracto, la arquitectura moderna, el lenguaje artístico del cine y parte de la música contemporánea

Un Referendo sobre la Preservación de la Unión Soviética en 1991 arrojó 113.512.812 votos a favor (77,85%) y sólo 32.303.977 votos en contra (22,15%). Un sondeo efectuado por el Centro Levada en 2016 revela que 56% de los rusos considera que vivía mejor bajo el comunismo, y 53% califica favorablemente la economía centralizada.

La perspicaz Pasqualina Curcio me facilita cifras de la OCDE que explican esta adhesión. Pese a guerras y obstrucciones, el PIB per cápita mejoró en forma sostenida: en 1986 se situaba en unos 7.000 KG$; desde el neoliberalismo de los noventa, descendió abruptamente hasta poco más de 4.000 KG$.

La esperanza de vida al nacer era de 69,17 años en 1989; para 2000 había bajado abruptamente a 66,04. La tasa de mortalidad de mujeres era en 1990 de 116,2 por 100.000; en 1994 subió desmesuradamente a 178,406; en 2004, a 176,833. La de varones era en 1900 de 316,078; de 486,421 en 1994; y creció a 465,095 en 2004 (www.ggdc.net/…/historical-statisti…/verticial-file02-200.xls).

Para todo revolucionario es un deber estudiar las causas que llevaron a tan formidable proyecto a su caída (por ahora).

Cuatro momentos de la Revolución Rusa de 1917. El Zar Nicolás y su familia, derrocados por el huracán revolucionario de la clase obrera y campesina rusa bajo la dirección del Partido Comunista Ruso (bolchevique). El pueblo ruso en la calle luchando por sus derechos en el opresivo imperio zarista. En la tercwera imagen vemos al gran Vladimir Ilich Ulianov, mejor conocido como Lenin, el líder, ideólogo, estratega y jefe indiscutible de la Revolución de Octubre. En la cuarta gráfica apreciamos a los obreros y soldados armados ya derrocado el Zar y el socialdemócrata Kerensvki.

La Unión Soviética no se disolvió por voluntad de sus ciudadanos. Hemos visto que en el referendo de 1991, votaron 113.512.812 por preservarla (77,85%) y sólo 32.303.977 por disolverla (22,15%).

En la Unión, como en todas partes, el neoliberalismo con sangre entra. El Poder Legislativo Soviético designó constitucionalmente Presidente a Boris Yeltsin. Este impuso reformas neoliberales que acarrearon descontento y desabastecimiento. El Poder Legislativo, que lo había designado, también constitucionalmente lo destituyó.

Yeltsin hizo cañonear con tanques al edificio del Poder Legislativo y a los ciudadanos que acudieron inermes a defenderlo, con saldo de 197 asesinados, según fuentes oficiales, o de dos mil, según las extraoficiales. Con esta democrática masacre Yeltsin disolvió el Parlamento y los Consejos obreros, representantes directos del pueblo, y al poco tiempo subastó por miserias el patrimonio acumulado por la Unión Soviética en tres cuartos de siglo.

Pero ¿cómo pudieron prevalecer la facción neoliberal del ejército y la burocracia contra la mayoría de más de 113 millones de soviéticos?

Desde el comienzo de su existencia, la Unión debió invertir parte excesiva de su producción en una dura carrera armamentista, primero para consolidar la Revolución, luego para vencer en la Segunda Guerra Mundial, finalmente para sobrevivir a la Guerra Fría durante la cual presidentes como Reagan la amenazaron con dispendios colosales como la Guerra de las Galaxias o la MAD (Mutua Destrucción Asegurada).

                                                Cabeza del Zar Nicolás II derribada por el pueblo ruso durante el desarrollo de la Revolución de octubre de 2017.

A partir de 1972, para concentrase en la ofensiva contra la Unión, Nixon aflojó la presión de la carrera armamentista contra la República Popular China. Ello le permitió a ésta concentrarse en su economía productiva, y arrojó contra los soviéticos el peso de mantener el equilibrio del terror en el cual se basaba el mundo.

Un esfuerzo defensivo de esta talla colosal no se puede mantener sin un cierto grado de autoritarismo, propiciado por la herencia cultural de las autocracias zaristas. Y todo autoritarismo propende al abuso, al provecho indebido y a la dificultad para corregir errores. Posiblemente ello contribuyó a que el aparato partidista terminara por disminuir el contacto con las masas y a que los privilegios se acumularan en una elite de unos 750.000 administradores, según lo señalaron Milovan Djilas en La Nueva Clase y Michael Voslensky en La Nomenklatura. Hasta que algunos de sus dirigentes, como Gorbachov o Yeltsin, acariciaron la idea de pasar de administradores privilegiados a propietarios absolutos.

Por otra parte, desde la Segunda Guerra Mundial el planeta vivió procesos de descolonización que desintegraron imperios como el británico, el francés, el belga, el alemán y el holandés. La Unión Soviética era el resultado de un proceso de agregación política que culminó con Iván IV, llamado el Terrible, en el siglo XVI. En él participaban pueblos con idiomas, religiones y tradiciones muy diferentes, a los cuales la Unión reconoció el derecho a su propia nacionalidad, lengua y cultura. No es extraño que medio milenio después de su integración este conglomerado disímil se desagregara parcialmente, incluso contra la voluntad de cerca del 80% de sus integrantes.

La Unión Soviética nunca fue, ni aspiró a ser una sociedad de consumo. Se lo impidieron el atraso de las fuerzas productivas legadas por el zarismo, el pesado gasto defensivo, la enorme inversión que requería garantizar educación, salud y seguridad social gratuitas para todos, y la priorización de los bienes de consumo básicos sobre los suntuarios y ostentosos. En suma, era la economía adecuada para sobrevivir al inminente agotamiento planetario de la mayoría de las fuentes de energía no renovables y de los recursos naturales, prevista por estudios como Los límites del Desarrollo. Este tipo de economía planificada y austera hubiera podido ser la más indicada para mantener elementos civilizatorios en la venidera época de escasez de recursos.

La Unión, contra la cual durante tres cuartos de siglo se estrellaron inútilmente los esfuerzos conjuntos de todos los imperialismos y fascismos, terminó así por sucumbir esencialmente ante la traición interna de algunas de sus dirigencias.

Dibujo que nos presenta a Lenin barriendo, con el triunfo de la Revolución Rusa, a zares, reyes, popes, curas, capitalistas explotadores. Nacía un nuevo mundo, el de las grandes masas conduciendo sus propios destinos. ¡Todo el poder para los sóviets!

¿Valió la pena el desmantelamiento de este formidable proyecto económico, social, político y cultural? La instauración del neoliberalismo trajo consigo la ruina de todos los indicadores de esperanza de vida, ingreso per cápita, nivel educativo, atención a la salud y abastecimiento logrados con inmensas dificultades por el socialismo. Lo que había sido la Unión cayó abruptamente de su estatuto de segunda potencia del mundo a una situación de inestabilidad interna y de crecimiento de la delincuencia y del capital especulativo. Durante casi una década un desequilibrado mundo unipolar sufrió las arremetidas de Estados Unidos, que se tradujeron en un rosario de guerras de destrucción y de saqueo. La excusa de la “Guerra al Comunismo” fue sustituida por la de la “Guerra al Terrorismo”, el “Conflicto de Civilizaciones”, la “Guerra contra la Droga”. Cambian los pretextos, la Guerra sigue.

Pero ni siquiera Estados Unidos resultó favorecido por la disolución de la gran experiencia socialista. Exhausto también por el insensato gasto armamentista y las políticas neoliberales, perdió su condición de primera potencia del mundo a favor de la República Popular China, que favorecida por la distensión de la Guerra Fría había podido dedicar su economía a la producción de bienes de consumo.

Tampoco salieron ganando los trabajadores del mundo. Para evitar nuevas revoluciones socialistas, John Maynard Keynes y los gobiernos capitalistas preconizaron políticas de inversión pública anticíclica y en algunos casos de concesión de mejoras para los trabajadores, en los denominados “Estados del Bienestar”. Muerto el perro, se acabó la rabia: disminuida la “amenaza comunista” se retiraron a los trabajadores todas las migajas que se les concedieron para sobornarlos. El desmantelamiento de empresas, el desempleo masivo, la pauperización generalizada y el colapso financiero fueron los jinetes del Apocalipsis del Capitalismo Salvaje.

La Utopía neoliberal sólo ha tenido éxito en concentrar en ocho personas más riquezas que las de la mitad de los habitantes del planeta. Aprendamos de la Unión Soviética; honremos sus logros sin precedente y evitemos sus errores. Una vez más, los proletarios del mundo no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Como escribió Eugene Pottier: El mundo va a cambiar de base. Los nada de hoy, todo han de ser.

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