Opinión 

¡Todo bien!

“Todo bien”, decía y le decían al Zar Nicolás II para ocultarle u ocultar la grave y deplorable situación de extrema pobreza y miseria que vivía el pueblo de Rusia, hasta que llegó la revolución bolchevique y barrió con todo aquello.

 Letra Bolivariana

José Gregorio Linares

Exclusivo del autor para la Revista Caracola

Todo gobierno camina sobre un campo minado. Lo peor que le puede ocurrir a un gobernante es creer a quien le dice que no existen los riesgos y postergar las demandas del pueblo. Lamentablemente se podrá ignorar la bomba, mas esto no impide que estalle. Veamos varios ejemplos.

En la Rusia zarista mientras la nobleza vivía en medio del lujo y el regocijo, el pueblo padecía miseria. Se fue desarrollando así un creciente descontento popular que se convirtió en un radical movimiento revolucionario. Sin embargo, la burocracia zarista embebida en su propio confort y miopía, no se percató de que había que atender las peticiones del pueblo. En vísperas del triunfo de la Revolución de 1917, el cronista palaciego, general Dubenski, reporta: “Ha empezado aquí una vida tranquila. Todo seguirá como antes. El zar no cambiará nada”. El gobierno zarista no entendió nunca la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo. Cuenta León Trotsky que lo que más le preocupaba al zar Nicolás II, incluso días antes de perder el poder “era elegir adónde enviar a sus hijos a recuperarse después del sarampión que habían padecido”. En el mismo tono, poco antes de su derrocamiento, el Zar escribió en su diario: “Todo está bien”. En esa corte hubo siempre un personaje adulante que para granjearse la confianza del zar elogiaba su obra y descalificaba cualquier crítica: le decía solo lo que éste quería oír y le mostraba exclusivamente lo que aceptaba ver. En fin, le describía una realidad encantadora, distinta a la verdadera. En tiempos de Catalina de Rusia esta labor la realizó el príncipe Potemkin. En las giras de la Zarina, la paseaba por pueblos idílicos habitados por súbditos sonrientes. Eran las Villas Potemkim: un montaje para deslumbrar a la gobernante.

Sigamos con Rusia. Los bolcheviques toman el poder en 1917 y el PCUS gobierna la URSS hasta el año 1989. Una burocracia se entroniza en el mando: disfruta de prerrogativas y prebendas especiales que la colocan muy por encima del nivel de vida del resto de la población y la hacen insensible ante los problemas del pueblo. Desde allí, toda demanda es vista como un ataque al sistema socialista; toda crítica a la gestión del gobierno, como parte de un plan conspirativo; y cualquier consejo dirigido a activar el poder popular, como una propuesta inoportuna. A la larga, la dirigencia perdió sintonía con el pueblo, y el pueblo dejó de sentirse identificado con el gobierno. En 1989 la URSS y el socialismo real se derrumbaron. Las masas populares no salieron a defender el régimen socialista ni a exigir su restitución.

En todo gobierno, sea de derecha o de izquierda, existe la tentación de creer que todo marcha bien. Allí nunca faltan los funcionarios que al estilo de Potemkin edulcoran la realidad. Abundan los apologistas que como los burócratas soviéticos ignoran los problemas reales y desestiman cualquier observación. Pero un gobierno revolucionario debe estar alerta y visualizar las amenazas. Oír al pueblo interpelante, atender sus necesidades, considerar sus padecimientos y sus propuestas. Prestar menos atención a los serviciales Potemkim y atender más al montaraz pueblo constituyente porque, como decía Bolívar: “quizás el grito de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto”.

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