Opinión Poesía 

“Nuestro Pablo Neruda, vuelve”

El ‘Canto General’, la obra cumbre de la poética de Pablo Neruda, la que lo consagra como uno de los poetas más importantes de Lastinoamérica y del mundo. Esa insuperable obra fue la que le permitió ganar el Premio Nóbel de Literatura.

Luis E. Aguilera*                                                                                                                                                                                                                                                          Especial para la Revista Caracola

23 septiembre de 1973 – 23 de septiembre del 2006

“Compañeros, enterradme en la isla negra, Frente al mar que conozco, a cada área rugosa De piedras y de olas que mis ojos perdidos No volverán a ver. Abrid junto a mí el hueco de la que amo, y un día Dejadla que otra vez me acompañe en la tierra”.

Así escribió nuestro gran poeta Pablo Neruda en la Disposiciones de su Testamento en el “Canto General”.

Después de diecinueve años, tres meses, a más de siete mil días y siete mil noches desde su muerte, se puso en ejecución su voluntad ¡Cuánto costo!; Cuánto se tuvo que luchar para conseguir que se respetara su derecho y su deseo de dormir para siempre en casa.

Era para nuestro compañero un muy fuerte anhelo, porque se sentía hijo fiel de la naturaleza y quería seguir siendo parte de su proceso, como lo dijo muchas veces en su poesía. Deseaba continuar integrando ese paisaje de su bien amada Isla Negra, surcado por las “grandes aves grises que amaban el invierno”.

Su poesía contuvo el propósito de tomar la palabra y pronunciarse en todas las encrucijadas del destino de su pueblo. Alimentó el sueño de aunarse con el Cosmos y la Humanidad, de seguir presente al incesante curso del Universo.

Quiero ser arrastrado hacia abajo en las lluvias que el salvaje viento del mar combate y desmenuza y luego por los causes subterráneos, seguir hacia la primavera profunda que renace”.

Por tal motivo insiste con sublime porfía: “Yo no voy a morirme. Sucede que voy a vivirme. Para nacer he nacido”.

Pablo Neruda, pilar de la poesía latinoamericana y mundial, murió un día como hoy, veinte y tres de septiembre de 1973. Día en que los alzados convirtieron la patria en uno de los países más extraños y sombríos del mundo.

Aquí el realismo mágico de Gabriel García Márquez y lo real maravilloso de Alejo Carpentier se transformaron en el dolor y el espanto real, en un país de incongruencia y absurdo, en el cual a algunos se les entierra dos veces, se les vuelven a desenterrad, a clasificar y como a nuestro compañero pablo Neruda, tres veces se le cambia de sepulcro.

 

pppEl poeta reiteraba que su vida era la vida de todos. Se sentía portavoz de la comunidad, boca del pueblo. Se hizo cargo de esa misión porque tenía el don y correspondía a su conciencia. Por lo tanto, debía responder al mandato de hablar por lo que no hablaban o si lo hacían no era oídos, si no apaleados, torturados, relegados o desparecidos No fue el primero ni sería el último sobre el cual pesara esa responsabilidad y obligación inexcusable.

Ya habían respondido a ella los cronistas de los origines del mundo y del hombre que escribiera el génesis, esos cien capítulos de la Biblia, o la Iliada del viejo ciego; los que compusieron el Popol Vuh, los pintores de los códices mayas, los antiguos rapsodias. Pablo Neruda continuaría la tarea. Sería vate de las profecías, Tirteo de los combates, juglar de los pobres, trovador amoroso y autor de la utopía nerudiana.

Él es uno de los muertos de septiembre, uno más, un hermano caído junto con todos los inmolados por la despiadada dictadura, militar que abusaba y usaba el poder que ilícitamente se concedió.

Esta terrible historia, llegó a su fin o al menos así pareciera, ya que en cada nueva página escrita este nuevo lenguaje cómplice a su vez de la vida, habla de un dolor presente: así fue, como cada día nos vimos envueltos por una autocracia despiadada, aniquiladora de todo lo cívico, literario cultural de nuestro país, rompiendo y desgarrando, porque era una ola de fango que nos inundaba, un mal que de las superficies callosa e insensible de las epidermis había pasado a la sangre y amenazaba los órganos vitales del cuerpo social y no se trataba de meros síntomas, sino de una dolencia onda y arrolladora.

Manifestación de nuestra época, pero a pesar de todo esto, pensábamos que era posible vislumbrar un profundo deseo de sobreponerse a ese tiempo, a partir de los mismos límites de la muerte, volver a reconstruir un mundo, un partido, Un mundo de vida, amor, poesía, esperanza en todo nuestro pueblo, su pueblo.

En este sentido se puede hablar de una gran muerte colectiva. Muerte, no sólo de muchas mujeres, de muchos hombres -que aún no aparecen, se ocultan intencionadamente-, sino también muerte de instituciones, decapitación de valores espirituales. Murió el poeta más grande de los últimos tiempos, el poeta en la hora de la muerte de la democracia. Lo precedió como víctima del genocidio su amigo el presidente constitucionalmente electo Salvador Allende. Pero miles fueron las muertes dentro de la gran muerte, una muerte multitudinaria, que llegó vestida de general y de almirante, como lo digiera, premonitoriamente el poeta en unos de sus poemas de “Residencia”.

Por más de medio siglo había levantado su voz en defensa de la vida, modelando la visión, la imagen de un Chile bello y generoso como la tierra de humanidad.

Según el sueño nerudiana, -que también es nuestro, como partido Comunista de Chile-, este país debía ser una lámpara encendida en esta América Latina que el definió en su poesía como suelo abonado por la sangre de quinientos años de injusticias. Pablo Neruda llamo angustiosamente ponerle fin desde “Las Altura de Machu Pichu”, con su invitación: “Sube a nacer conmigo, hermano”.

Era una convocatoria al pueblo, un llamado a resistir la iniquidad. Lo dejó como herencia, como un legado poético moral que inspiró el rechazo a los que derrumbaron a cañonazos el Chile nerudiana y Mistraliano, que hablaba de un pequeño país, entrañablemente humano, situado al fin del mundo.

Pablo Neruda fue asesinado por el naciente régimen anti comunista de Pinochet. Aquí lo vemos en la urna donde sería enterrado por primera vez. Faltarían 3 entierros más, hasta allí llegó la persecución del poeta por sus enemigos.
Pinochet le temía tanto al comunista Pablo Neruda que virtualmente militarizó su entierro, Los carros del féretro y el pueblo que acompañó el cadáver debieron pasar por filas de soldados super armados vigilando en tono amenazante el paso del cortejo fúnebre por las calles de Santiago de Chile.

Dos semanas después del golpe de estado, un Neruda yaciente puso de pie al pueblo. Fue la jornada del horror sin límites y de los cadáveres flotando en el río Mapocho de Santiago de Chile. Sus exequias señalaron un nuevo momento insólito. Desafiamos el estado de sitio, cercado por la boca de las ametralladoras, salió a las calles un cortejo suicida, dispuesto a pagar cualquier precio por acompañar al poeta. Allí brotaron las primeras respuestas, estallaron los lemas del coraje. Chile herido estaba vivo. Invocó una y mil veces a toda voz a los sacrificados, a sus muertos esenciales. Esa mañana vencieron el miedo, Lloraron al poeta, cantaron la valentía. Entonaron “La Internacional”. Llegaron a la cima del valor, el grito de Pablo Neruda, Salvador Allende, Víctor Jara, nombrado a los caídos de septiembres una y otra vez, y respondimos: ¡Presente, ahora y siempre!

Ese Día el pueblo, su pueblo de Chile comunico a todo el mundo: ¡No callaremos! ¡Vamos a luchar por la libertad aunque nos cueste la vida! Lo extraordinario lo producía no solo el amor y la magia del poeta. Era también una vuelta de mano. En el fondo se dijo: si el poeta hablo toda su vida por su pueblo, ahora el pueblo tiene que hablar por su poeta. Si no lo hiciera no sería digno. Estaba resuelto a vivir de pie, a la altura de los grandes ejemplos.

No solo los funerales dobles han hechos de Chile un país Kafkiano. La delirante fantasía macabra de los genocidas ha fabricado extensas categorías de la inhumanidad: fusilados, torturados, encarcelados, exiliados, desaparecidos, quemados, degollados, ha generado una realidad aún más tenebrosa: la de aquellos compatriotas nuestros que no tiene funerales ni tumbas conocidas, los desaparecidos. Su destino solo lo conocen jerarcas responsables del régimen militar, los cavadores de cementerios secretos, cuya mayoría aún quedan por descubrir y los tenemos que encontrar, el olvido no cerrara jamás esas heridas, muy por el contrario, la profundizan. Neruda colabora en esta faena. Por ello alguien fue a buscar en su poesía -donde todo se puede encontrar, desde el goce, la ebriedad del amor más loco, hasta el epitafio profundo y la maldición necesaria- las palabras proféticas que correspondía grabar en la mina de cal abandonada de Lonquén. Las hallo en “Los Muertos de la Plaza”, en el poema “Siempre”:

Pablo Neruda presenta en México su obra cumbre poética, el ‘Canto General’, a su lado los grandes pintores y muralistas mexicamos Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.

“Mis noches caerán con sus alas oscuras, Sin destruir el día que esperan estos muertos. El día que esperamos a lo largo del mundo tanto hombres, el final del sufrimiento”.

Compañero Neruda, tenemos que encontrar a nuestros desparecidos, enterrar los muertos, seguir viviendo, continuar luchando, porque ni el siglo XXI ni ninguna época conocerá el fin de la historia, sino nuevos recomienzos, otros tramos en el esfuerzo hacia una civilización del hombre para todos los hombres.

Escritores, artistas todos, imaginamos que Pablo Neruda será una apropiada carta de presentación ante la gente del tercer milenio. Entonces, tal vez, cuando el muchacho pregunte al tiempo: ¿Quién fue? ¿Un poeta, un profeta, un soñador un mujeriego, un ecologista, un revolucionario?

Entonces nosotros diremos, lo mejor será que él mismo conteste: “Soy un chileno que a lo largo de todo el siglo ha conocido las desventuras, las dificultades de nuestras existencias nacional, que ha participado en cada uno de los dolores, alegrías del pueblo. No soy extraño a él, vengo de él. Soy parte del pueblo. Soy miembro de una familia de trabajadores que repartieron sus ásperas jornadas entre el norte, centro y el sur del territorio. Jamás estuve con los poderosos y siempre sentí que mi vocación y mi tarea era servir al pueblo de Chile con mi acción y mi poesía. He vivido cantándole y defendiéndolo.

Desde mi juventud estuve con los estudiantes rebeldes y con los obreros que comenzaban a organizarse, siguiendo los pasos y las enseñanzas del gigantesco Luis Emilio Recabarren.

Han sido mío todos los combates del pueblo chileno, incluso aquellos que libró antes de mi nacimiento y por eso he dicho a través de mi obra mi admiración por los primeros padres de la patria: Caupolicán, Lautaro, O”Higgins, Carrera, Manuel Rodríguez y también por los oscuros héroes silenciosos caídos en la batalla de nuestros días.

Hoy, sin embargo se montan operaciones de marketing para vender a Pablo Neruda como un artículo de lujo. Quieren embalsamarlo, reducirlo a un objeto de arte suntuario, sólo para ricos; en una pieza de museo, Tratan de convertirlo en un fetiche inofensivo, en una polera de mercado o en un supuesto arrepentido. Dicha empresas de falsificación comenzó hace tiempo. Él siempre la rechazó en la forma más enérgica.

Fue militante de nuestro Partido, El Partido Comunista de Chile, su partido al cual él quiso y amo a lo largo de toda su vida, de el decía: Me has dado la fraternidad hacia el que no conozco. Me has agregado la fuerza de todos los que viven. Me has vuelto a dar la patria como en un nacimiento. Me has dado la libertad que no tiene el solitario. Me enseñaste a encenderla bondad, como el fuego. Me diste la rectitud que necesita el árbol. Me enseñaste a ver la unidad y la diferencia de los hombres. Me mostraste como el dolor de un ser ha muerto en la victoria de todos. Me enseñaste a dormir en las camas duras de mis hermanos. Me hiciste construir sobre la realidad como sobre una roca. Me hiciste adversario del malvado y muro del frenético. Me has hecho ver la claridad del mundo y la posibilidad de la alegría. Me has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo.

El compañero Pablo Neruda ingreso al Partido Comunista de Chile el 8 de junio de 1945, siendo además Senador y Candidato a la Presidencia de Chile, candidatura que nuestro partido propondría a los seis o siete partidos de la Unidad Popular. Todo estaba listo; programa, carácter del gobierno, futuras medidas de emergencias, etc… Hasta ese momento todos aquellos partidos tenían sus candidatos y cada uno quería mantenerlo. Nuestra posición era apoyar al candidato único que los partidos de izquierda designaran y que sería el de la Unidad Popular…

Si no nos uníamos en una aspiración electoral común –es lo que nos falta en la actualidad-, seríamos abrumados por una derrota espectacular. La única manera de precipitar la unidad estaba en que los comunistas bajaran a su candidato el poeta Pablo Neruda y designáramos un candidato único. Era un medio heroico de obligar a los otros a ponerse de acuerdo, siendo además improbable que la unidad se lograse alrededor de un candidato comunista. En buenas palabras todos nos necesitaban para que los apoyáramos (inclusos algunos buscaban candidatos de la Democracia Cristiana), pero ninguno buscaba apoyarnos a nosotros. De esta manera el candidato del Partido Comunista, el Poeta Pablo Neruda renunciaba a favor del compañero Salvador Allende, ante una alegre e inmensa multitud que precedía al propio poeta.

Pablo Neruda fue miembro del Comité Central del Partido Comunista de Chile hasta el último día de su vida. Nosotros, sus camaradas, tenemos el orgullo y honor de definirnos el Partido de Luis Emilio Recabarren y Pablo Neruda. El mismo se definió con elocuencia, sinceridad y belleza insuperable en una hora estelar, ante reyes y dignatarios, académicos, cuando le fue entregado el Premio Nobel de Literatura, en Estocolmo:

El periódico chileno ‘El Siglo’, anuncia una de las más importantes noticias de la literatura, Pablo Neruda fue galardonado con el Premio Nobel de literatura.

“Entendiendo –dijo- esto deberes del poeta, en la verdad o el horror, hasta las última consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solidarías victorias, derrotas deslumbrantes.

Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma; con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o ambles, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestro ancho y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como el centro del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía”.

Los escritores comunistas, los artistas en general y todo su pueblo entendemos que nuestro compañero Pablo Neruda es patrimonio de la patria. Es hijo y padre de Chile. Estamos felices de ver que tantas mujeres y hombres de diversas condiciones, de diferentes ideas políticas, filosóficas, concepciones religiosas, hagan suyo este magno acontecimiento reivindicativo de los valores humanos que el poeta representó.

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Luis E. Aguilera
Secretario General
Sociedad de Escritores de Chile (SECH),
Filial Región de Gabriela Mistral-Coquimbo

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