Homenaje a un gran revolucionario mundial Opinión 

Makarenko y la educación socioproductiva

Antón Semiónovich Makarenko, el gran maestro y pedagogo que marcó una época en la educación popular en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas URSS.

En el centenario de la Revolución Bolchevique

Alí Ramón Rojas Olaya

Especial para la Revista Caracola

“En la colonia que dirigía Makarenko se hacían discursos sobre la grandiosa significación del trabajo que crea la cultura, acerca de que sólo el trabajo libre y colectivo lleva a las personas hacia una vida justa, de que sólo el aniquilamiento de la propiedad privada hace a los hombres amigos y hermanos, extermina todos los amargores de la vida, todos sus dramas”

Máximo Gorki

En el centenario de la Revolución Bolchevique es importante estudiar el aporte del pedagogo Antón Semiónovich Makarenko a la educación socioproductiva emancipadora. Nació el 1° de marzo de 1888 en Belopole, provincia de Járkov, Ucrania y falleció el 1° de abril de 1939 en Moscú. A los 15 años se inició como ayudante de maestro. A los 17 obtuvo el título de maestro.

Los dos conceptos que resumen la obra pedagógica de Antón Semiónovich Makarenko son: colectividad y trabajo. La pedagogía de Makarenko fue elaborada, metodológicamente hablando, desde su propia práctica, por ensayo y error, y a partir de teorías que, aunque conocía muy bien, según él poco tenían que ver con el contexto y la realidad de los muchachos que intentaba educar. Makarenko solía irritarse con las especulaciones de los teóricos que, desde la comodidad de su “Olimpo pedagógico” ponían en tela de juicio sus métodos.

En la vida de Makarenko, existen dos etapas: entre 1920 y 1935, tuvieron lugar sus experiencias educativas como director de dos colonias escolares, y entre 1935 y 1939, se dedicó fundamentalmente a escribir y dar conferencias de temas pedagógicos. Entre 1920 y 1928, dirigió la colonia “Máximo Gorki”, dedicada a la formación de niños y jóvenes delincuentes; de 1928 a 1935 dirigió la comuna de trabajo para jóvenes “Félix Dzerzhinski”. Tales experiencias fueron contadas por Makarenko en sus libros Poema pedagógico y Banderas en las torres. En ambas colonias se muestra como un educador muy exigente.

El comienzo de su labor en el centro para delincuentes juveniles fue difícil. Allí encontró cinco edificios de ladrillo totalmente desmantelados. A las habitaciones les habían arrancado las ventanas, puertas y estufas. Al cabo de dos meses, cuando uno de los edificios se hubo rehabilitado, uno de los primeros jóvenes cometió un atraco y asesinó a un hombre, y fue detenido en el propio centro. Sin saber cómo abordar a los residentes en el centro, Makarenko recurrió sin éxito a los libros de pedagogía. Al no encontrar respuestas apeló a un análisis propio y concreto. Makarenko invitó a cortar leña a uno de sus alumnos. Éste le respondió: -¡Ve a cortarla tú mismo! A raíz de este desaire Makarenko escribe en su Poema Pedagógico: “Colérico y ofendido, llevado a la desesperación y al frenesí por todos los meses precedentes, me lancé sobre Zadórov. Le abofeteé. Le abofeteé con tanta fuerza, que vaciló y fue a caer contra la estufa. Le golpeé por segunda vez y agarrándole por el cuello y levantándole, le pegué una vez más. Esto fue, naturalmente, una salida violenta a las emociones; desde el punto de vista de muchos de los teóricos actuales, un absurdo pedagógico. Pero el caso es que el influjo emocional, precisamente, venció la indiferencia y el descaro de los cinco pobladores. Cogidos de improviso por esta explosión, los colonos reaccionaron tal y como se podía esperar de gentes salidas del mundo de la delincuencia: cedieron a la fuerza sin sentir humillación. Esta fue una especie de victoria general, del educador y de los muchachos, pero una victoria que aún necesitaba afianzarse, exigiéndose para ellos medidas de otra naturaleza. Pero, ¿cuáles?”. La respuesta a esta interrogante era la educación socioproductiva. Se hacía necesario educar a todos a la vez, y no a cada uno por separado, pero haciendo énfasis en la individualidad y no en el individualismo.

Debía organizar la vida de tal manera que los propios colonos fueran los que llevasen todo lo referente al centro: los edificios, el plan de producción, la distribución de los ingresos, la disciplina, de tal manera que ellos mismos deberían educarse unos a otros, exigir, subordinarse, respetarse, preocuparse y ayudarse mutuamente. Sobre esto explica: “Para trabajar con una sola persona hay que conocerla y cultivarla. Si yo me imagino las personas como granos amontonados, si no las veo en escala de la colectividad, si las abordo sin tener en cuenta que son parte de la colectividad, no estaré en condiciones de trabajar en ellas”. Sobre su pedagogía dice Gorki: “Makarenko sabe hablar a los niños sobre el trabajo con esa fuerza serena y latente, más comprensible y elocuente que las más bellas palabras”.

Las instituciones dirigidas por él no sólo llegaron a autofinanciarse con el producto del trabajo de los muchachos, sino que incluso producían excedentes que ingresaban en las arcas del Estado. El trabajo para Makarenko es inseparable de educación, pero siempre se trata de trabajo real, de trabajo efectivamente productivo, y no de un artificio con fines exclusivamente formativos o instructivistas. Para él la potencialidad educativa del trabajo reside en que se trate de una actividad verdaderamente productiva y con sentido social. Sus estudiantes de las colonias o comunas dedicaban 5 horas diarias al trabajo escolar y cuatro al trabajo productivo.

Alumnos de la Colonia ‘Máximo Gorki’ que dirigía Makarenko.

Efim Roitenberg, estudiante de la Comuna de Trabajo Dzerzhinski, fundada en 1927, relata cómo Makarenko creó este núcleo formado por los primeros 50 estudiantes de la colonia Gorki, con chicos recogidos en la calle, con otros tantos traídos de otras colonias o enviados por sus familias. “En los primeros tiempos, la comuna vivía del dinero que los funcionarios de la Dirección Principal Política descontaban de sus emolumentos para mantener a los comuneros. Cuando nuestra producción aumentó, Antón Semiónovich nos propuso prescindir de esta ayuda, pasar a la autogestión financiera, y no sólo subsistir por cuenta propia, sino proporcionar también ingresos al Estado. Posteriormente, la comuna aportaba anualmente 4 millones de rublos de ingresos. Claro está, que debido a esto, creció también el salario de los comuneros, al que Antón Semiónovich concedía gran importancia educadora. El dinero no sólo era un estímulo para elevar la productividad laboral, sino que tenía también un significado educativo. El peculio acrece las posibilidades culturales y las exigencias del individuo. Le enseña a gastar y a calcular su caudal juiciosamente. Para lograr tal hábito y dirigirlo, Antón Semiónovich distribuía él mismo los salarios: confeccionaba la nómina y establecía cuánto se debía apuntar a cada persona y cuánto entregarle para sus gastos diarios. A los novatos, denominados “educandos”, Antón Semiónovich les entregaba solamente una pequeña cantidad de dinero para llevar en el bolsillo, obligándoles a rendir cuentas de cómo lo gastaban. El dinero restante por ellos ganado, se depositaba a nombre suyo en la caja de Ahorros y, cuando se hacían mayores y recibían el título de “comuneros”, sólo entonces, obtenían el derecho a recibir más peculios. Muchos comuneros, los de más edad, ganaban hasta mil rublos mensuales. Para su manutención se les descontaba 120 rublos. También eran obligatorias las cuotas destinadas a la manutención de los pequeños, para el fondo del consejo de jefes, se especificaba la suma mensual para gastos diarios, yendo a parar el dinero restante a un fondo intocable de cada comunero en la Caja de Ahorros. Así pues, cuando los comuneros abandonaban la comuna tenían acumuladas sumas bastante cuantiosas de dinero que les aseguraban la vida y los primeros años de estudio en los institutos. Aprendíamos, pues, a ser buenos administradores de lo que ganábamos con el trabajo”.

 

La educación colectivista como propuesta socioproductiva de Anton Makarenko significó en la transición de la Rusia zarista, aún instalada culturalmente en algunos sectores, a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, una invitación pedagógica integral donde convergía una práctica política y económica. Como detalla su biógrafo V. Kumarin: “El joven pedagogo descubrió con evidencia implacable que para trabajar exitosamente en la escuela no sólo hacía falta enseñar, sino también educar, saber ver la originalidad de cada discípulo, tener en cuenta sus particularidades individuales”. Su legado está intacto. ¡Pongámoslo en práctica!

 

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