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Ha muerto el todopoderoso: Teodoro Petkoff

Reseña de la fuga rocambolesca de Teodoro Petkoff del Hospital Militar de San Martín. Ya el fuego izquierdista se comenzaba a apagar.

Esteban Rojas                                                             

Es

Un combativo exguerrillero de cafetín, que nunca estuvo en las montañas, como iluso aficionado al Partido Comunista, que le quedó grande y, como socialista que nunca fue, se le apagó la antorcha de ser un marxista enconchado de la devoción de la gloria patria. Supo sacarle provecho a las circunstancias y escupió bocanadas de discursos que lo enturbiaron de pesimista y, como no era un jurunga muertos de trasquilar entuertos, no pasó, aunque sin penas ni banderas murió como mueren los cobardes que le tienen miedo a la muerte, que, como detractor del comandante Chávez, jamás le perdonó que llegara a presidente de Venezuela y mucho menos un orillero de Sabaneta, que como militar no pasó de comandante, pero que pudo unir multitudes tras de él, que con sólo soltar la frase: “Por Ahora”, después de un fracaso militar, lo llenó de virtudes y dio la vida tras la ilusión de hacer grande a Venezuela, en furioso proceso que formó “chavistas”, que en la actualidad vacacionando buscan como salir de Maduro.

Tres tristes tigres, dos que fueron de izquierda y terminaron en la derecha, Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, junto al eterno derechista y reaccionario Rafael Caldera.

Lo que Teodoro no entendió, ni quiso acercársele por temor de contagiarse de inquietudes tremolinas que le afearan el panorama de líder inconcluso, que perdió el estandarte de la dignidad al lado de Rafael Caldera, un ocioso político que pescó en río revuelto dos veces hasta que finalmente se consagró como un lobo feroz con lágrimas, sin poder aguantar el vendaval de sus circunstancias y, como un acusé de prioridades, Teodoro se fue al mundo del periodismo. Le era más fácil ahogar la morrocoya de Rosinés que lastimar al papá con tantas tremenduras desatadas en tardes nublosas de Caracas, en que el rentismo de hablar mal del gobierno de Chávez lo unían a fuerzas oscurantistas que lo vanagloriaban de tremendista oportuno que, por allí andan sin entender ni querer el diálogo que lime asperezas de acercamiento por la paz y las oportunidades del país, en que su frases eclécticas lo llenaban de orgullo de batallar sin el fusil que nunca usó, porque a su tiempo era más fácil engañar que convencer y con ese ideario destapó tormentas que todavía se oyen entre sus seguidores, que alguna vez tuvieron aspiracionesde poder.

Y la consigna planteada por Jesús, que los muertos entierren a sus muertos, se hace patética en este cementerio de celebridades en el que la marea de los invencibles llega a su fin, fin que destapa situaciones que una vez fueron ideas entre abundancia de libertades y, como un troquel de imprenta, los medios no dejan de hacerse sentir y son tan ignominiosos que lo que no deprime se lo lleva el viento, aunque las tempestades existen y el que no dispara primero se esconde de sus cobardías y hasta la iglesia católica le rezará un bien aventurado adiós de tristezas con miradas de bondades que lo lleven a los reinos de los cielos, donde justos y pecadores buscan el perdón que no encontraron en la tierra, sino, acaso, se van bien indecisos de no haber sido lo que por veces pensaron querer ser pero sin la suerte a su lado que los acompañara a ser por lo menos el bien, aunque fuera con los ojos cerrados, sin lágrimas de consuelo que bañarán el pedestal que los honre en honor y causas de haberle servido al pueblo, tal cual, se lo merece, sin rentismo de ninguna clase.

En los años 70′ del pasado siglo, Teodoro Petkoff, ya prácticamente rotos sus vínculos con la doctrina y el pensamiento socialista, aprovechó la coyuntura de la invasión militar soviética a la entonces Checoeslovaquia para no sólo criticar a la URSS sino al socialismo del cual pronto abjuraría y terminaría amigándose con los perseguiidores y asesinos de la generación que se lanzó a la lucha armada.

 

 

El año 1972 circuló profusamente el libro: Teodoro Petkoff: dos épocas del oportunismo de derecha, que venía rubricado con dos pseudónimos: Santiago – El Tábano.Figura utilizad entonces por los autores para burlar de alguna forma la represión, hoy puede decirse que sus autores fueron Otto Vander Velde Quijada y Humberto Gómez.Fue la primera vez que se iniciaba -después de la derrota de la lucha armada y de la diáspora de la izquierda- el debate político de las ideas ante el giro político derechista que expresaba en sus librosmTeodoro Petkoff.

Lo vil, como lo malo, no es suntuoso ni recompensa virtudes y, si alguno tuvo Teodoro en su épico trajinar de existencia revolucionaria quedará, en la memoria de los que luchan con paciencia y entrega por el devenir histórico de nuestra nación, con la sola misión de serle fiel a los ideales de la Patria de: morimos o veneceremos, y Teodoro jamás se planteó vencer las dificultades de su vida política, porque nunca tuvo opción de llegar al poder al hacerse un vociferador de la angustia y del enredo; supo enredar con entereza el destino de lo incierto y como un primerizo perdió la oportunidad de morir como mueren los triunfadores, con la bandera nacional a media asta y, un repique de aplausos que lo entierren en las praderas de los soñadores inmortales..

Pudiéramos decir que la muerte es la alegría de los que penan en vida sin un rumbo de justicia, que le abra paso entre las multitudes que lo consientan a imagen y semejanza del honor de ser un servidor sin distingos de amar a su patria y, no se precipite a morir como un desconocido que toma el rumbo de migrar al más allá, a sabiendas que se nace para morir con la espada de la integridad de los valientes, esos que nunca mueren ni sufren de antagonismos y, Teodoro se va y sólo se lleva las terquedades que lo hicieron un Plutarco de las letras dentro del periodismo que practicó a lo que saliera, quizás, como el alumno que no fue de Rómulo Betancourt.

Paz a sus restos y que el perdón de sus hazañas lo lleven al camino de la esperanza de nunca más volver.

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