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El asedio a Venezuela

Manuel Cabieses Donoso

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 894, 9 de marzo 2018.

“Los militares no estamos para imponer políticas de miseria”.

(Hugo Chávez, en “Punto Final” Nº 327, octubre de 1994).

La brutal campaña desatada contra la República Bolivariana de Venezuela por EE.UU. y sus cómplices latinoamericanos y europeos, oculta sus verdaderos propósitos detrás de una cortina de mentiras que aplica las técnicas de la guerra sicológica. Chile es uno de los países peor informados sobre las intenciones de los enemigos de Venezuela, entre los cuales participa el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet.
El imperio dice defender la democracia, que en Venezuela goza de buena salud. En la “dictadura” venezolana, existe una coalición de partidos opositores que tiene absoluta libertad para expresarse a través de la prensa, radio y televisión, y convocar a manifestaciones pacíficas cada vez que le dé ganas. Esa oposición, apadrinada y financiada por EE.UU., ganó las elecciones legislativas del 6 de diciembre de 2015 con 56,2% de los votos. Su victoria (la primera en 17 años) se consumó mediante las mismas normas que ahora denuncia como fraudulentas y que le llevan a restarse de las elecciones presidenciales y legislativas regionales del próximo 20 de mayo. La intención es obvia: denunciar un “fraude” y declarar ilegítimo al nuevo gobierno. Ya EE.UU. y la Unión Europea, el Grupo de Lima, la OEA y otras sabandijas han declarado ilegítimas las próximas elecciones. No es la primera vez que la oposición decide no participar en una confrontación electoral. Lo hizo en las elecciones de gobernadores y alcaldes de 2017 (aunque un sector participó y ganó cinco gobernaciones). También se abstuvo en la elección de la Asamblea Nacional Constituyente del año pasado, convocada por el presidente de la República de acuerdo a una facultad que le otorga la Constitución. Tampoco la oposición participó en las parlamentarias de 2005, y su líder Henry Ramos Allup -que hace dos años, como presidente de la Asamblea Nacional anunció que demorarían sólo seis meses en derrocar a Maduro-, reconoció que no lo hicieron debido a la presión de los dueños de los medios de comunicación. El bloque opositor está resquebrajado pues Henri Falcón, uno de sus dirigentes, optó por rechazar la abstención y se presenta como contendor de Maduro.

El objetivo más importante de la agresión imperialista es recuperar el control de la enorme riqueza petrolera, de gas natural, hierro, diamantes y recursos hídricos que posee Venezuela. Es una reserva estratégica de enorme magnitud para su pueblo y la Humanidad. Su control aseguraría a EE.UU. la condición de primera potencia mundial. Es el mismo motivo que llevó a la invasión de Afganistán, Libia e Irak y que promueve la trágica “guerra civil” en Siria.

Otro objetivo encubierto de la cobarde guerra contra Venezuela es propinar una paliza inolvidable a un pueblo que decidió ser libre e independiente. Lo mismo ocurrió en Chile en 1973 y el terrorismo de Estado produjo la desmoralización del pueblo que aún padecemos. EE.UU. necesita hacer un escarmiento para notificar una vez más a América Latina que no acepta desafíos en su “patio trasero”. Los errores, debilidades y contradicciones que se pueden atribuir al gobierno de Venezuela son asuntos del ámbito de su soberanía. Solo corresponde dirimirlos al pueblo venezolano mediante la vía democrática que ha escogido.

El sistema electoral de Venezuela es uno de los más seguros del mundo, como han corroborado organismos técnicos ajenos a cualquier sospecha de parcialidad. Lo mismo sucede con la Constitución Política, sin duda la más democrática de América Latina porque fue elaborada por una Asamblea Constituyente (en 1999) con mayoría de víctimas de la dictadura de Pérez Jiménez y de las represiones de los gobiernos socialdemócratas y socialcristianos.
Es para la risa que el gobierno de Chile critique a Venezuela por no respetar su Constitución, cuando nuestro país aún soporta la Constitución de Pinochet.
La revolución bolivariana se ha convertido en la piedra en el zapato de Washington. A tal punto que Obama, Premio Nobel de la Paz (sic), declaró a Venezuela una “amenaza extraordinaria e inusual” para la seguridad de EE.UU., lo cual ha sido renovado por el esquizofrénico presidente Trump.

El Departamento de Estado parece no compartir el diagnóstico del tambaleante presidente peruano, Pedro P. Kuczynski, en el sentido de que América Latina es “como un perro simpático que está dormido en la alfombrita y no genera ningún problema”, salvo Venezuela. De otro modo no se explican las giras del secretario de Estado Rex Tillerson, ex presidente de la Exxon Mobil Co., y del subsecretario Thomas Shannon. En Colombia, el secretario Tillerson -convertido en ventrílocuo- usó como muñeco al presidente Juan Manuel Santos para disuadir a la oposición venezolana -mediante un llamado telefónico- de firmar los acuerdos a que había llegado la noche anterior en el diálogo en República Dominicana. En los hechos se acordaron las mismas normas que se aplicarán en las elecciones del 20 de mayo, incluida la fecha y las garantías que exigía la Mesa de Unidad Democrática (MUD).

Es evidente que América Latina no es “el perro simpático que duerme en la alfombrita”.

EE.UU. quiere liquidar por la vía rápida la experiencia revolucionaria de Venezuela. Próximas elecciones presidenciales en el continente arrojan sombras de duda al triunfalismo imperial. El aire se ha cargado de vientos progresistas en los países más importantes. En México crecen las expectativas de Andrés Manuel López Obrador que ha sido víctima en 2006 y 2012 del fraude electoral institucionalizado. Parece difícil que lo intenten por tercera vez. En Colombia, el más peligroso peón norteamericano debido a su extensa frontera con Venezuela, ocurre algo parecido. El ex alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, “Aureliano” de las milicias del M-19, puede ganar las elecciones del 27 de mayo (una semana después de Venezuela). En Brasil el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva marcha a la cabeza en los pronósticos para las elecciones de octubre, pese a las maniobras del golpista y corrupto Michel Temer. Y en Argentina, la resistencia social al gobierno de Mauricio Macri hace presumir que en diciembre del próximo año Cristina Fernández de Kirchner regresará a la Casa Rosada.

El tercer objetivo en la agresión norteamericana es destruir la alianza pueblo-ejército, que es el pilar de la revolución bolivariana. Este fue uno de los aportes más relevantes del presidente Hugo Chávez a la historia política latinoamericana. Constituye el corazón de la revolución bolivariana y su desintegración, ya sea por golpe de Estado o invasión extranjera, liquidaría las esperanzas del pueblo venezolano y serviría de lección a los militares latinoamericanos. Muchos soldados del continente deben estar reflexionando sobre el futuro que espera a América Latina si continúa sirviendo a la estrategia depredadora del imperio. América del Sur posee enormes riquezas naturales: más del 20% de las reservas probadas de petróleo y 3% del gas natural. El 65% de las reservas mundiales de litio, 42% de plata, 38% de cobre, 33% de estaño, 21% de hierro, 18% de bauxita, 14% de níquel y, sobre todo, ¡32% de los recursos hídricos del mundo!(*) Somos un pobre continente rico, por la avidez de las oligarquías y las transnacionales. Pero llegará un día en que los soldados patrióticos y antimperialistas produzcan -como hizo el comandante Chávez- la unidad pueblo-ejército que asegure la soberanía e independencia continental.

Para su agresión a Venezuela EE.UU. se vale del llamado Grupo de Lima: doce gobiernos entre los que se cuentan los más corruptos del hemisferio. Resulta un agravio al honor de Chile que en ese grupo de lacayos se cuente el gobierno chileno. Aunque algunas voces (del Partido Comunista) se han levantado para acusar a la Cancillería de conducta servil con el imperio. Pero llama la atención cómo se calla la responsabilidad de la presidenta Bachelet. Los rebuznos del canciller Muñoz, sin duda, merecen severa crítica. Pero quien dirige la política exterior es la presidenta de la República. El canciller es un funcionario -quizás muy influyente- que aplica la política que traza la mandataria. Michelle Bachelet se ha hecho cómplice así del cuadrillazo contra Venezuela. Actúa tal como hizo el anterior presidente “socialista”, Ricardo Lagos, al apoyar el frustrado golpe de Estado de abril de 2002 contra el presidente Hugo Chávez. Lagos y Bachelet dieron la espalda a la dolorosa experiencia de Chile y a las miles de víctimas de la tiranía, destino que espera al pueblo de Venezuela si EE.UU. logra sus propósitos

(*) Datos tomados de Alí Rodríguez Araque, Los recursos naturales como eje dinámico en la estrategia de integración y unidad de nuestros países, marzo 2013.

 

 

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