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Cuento / Los cuatro caminos del cielo, leyenda de la mujer vegetal

 

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Mujer acuario, pintura de Nelson Ortega.

Cuento

          LOS CUATRO CAMINOS DEL CIELO

          LEYENDA DE LA MUJER VEGETAL

               HUMBERTO GÓMEZ GARCÍA       

I

El día moría de luchas por la vida; apagaba sus luces de mediodía entre los pliegues de la tarde, rojos sus pechos, fuego de tempestades lejanas incrustadas en las carnes del horizonte, cáscaras de mandarina en la espalda, pulpa de patilla goteando sangre en las nubes redondas que rociaban rosadas gotas en la piel transparente del huevo de ave cósmica donde la niña respiraba sueños; de la crisálida que acunaba la mariposa de nácar con pelo color de maíz intenso de Palo Quemado o de la piel de los venados de las montañas de Sorte.

Moría entre presagios y esperanzas. Se abrían los ojos de los cocuyos, faroles de la noche en la oscurana, luz de los sueños de los hombres en sus búsquedas eternas de las utopías americanas. Flamas de oro adornaban el firmamento, su abrir y cerrar de destellos, luces brillantes de bengala semejaban guiños caprichosos a los ojos de los enamorados. Racimos de estrellas explotaban allá en la bóveda del tiempo como besos de nácar. Los árboles se esfumaban como fantasmas y sus raíces se perdían en la negrura del lado oculto del alma de los hombres. La primavera nocturna tejía nuevos aromas para las flores que nacerían al siguiente día, regaba semillas en la tierra para los nuevos frutos, florecía, con la sangre verde, voces esperanzadoras para la vida vieja, para la vida nueva. Pero la noche se vistió de fríos, de helados presagios que cubrieron de capas de hielo las hojas y los árboles y las avecillas temerosas y los animales mansos y fieros; se endurecieron los capullos de las flores y la vida pareció querer detenerse nuevamente. En lo alto la redonda luna llena, la imponente luna roja lo observaba todo.

A la medianoche del día del creciente lunar, del año de las serpientes emplumadas, del cóndor imponente, de las guacamayas multicolores, de los tigres de piel negra y manchas grises, del quetzal, del colibrí y la paraulata, del maíz y la papa, de la yuca, de la danta enorme como caballo, del venado color de miel, de la mariposas que nacen en los Tepuyes de los yekuanas y los pemones se rompió la empolladura de hojas donde estuvo envuelta una eternidad, se abrió lentamente la crisálida, como capullo de rosa de Galipán,  y poquito a poco, con diminutos pasos de duende, de pequeña hada fue saliendo su cuerpo a la nueva vida, su cuerpecito de maíz,  de alas de mariposa, de pétalos morados, de plumas azules y rojas de tucán; y hubo el prodigio, al nacer entibió las cosas, la vida, la atmósfera, el tiempo; nacía así el trópico del creciente de luna llena, donde el sol iba de la mano de los hombres y se esponjaba como un girasol en verano.

Nació del agua una noche bermeja, dentro del follaje agreste de la selva, salieron sus dedos y sus manos, su rostro chino de todas las razas americanas, sus pechos como saetas, los brazos y las manos, ramas para alcanzar la vida, los muslos golosos y el cuerpo todo pintado del creciente lunar. El río se metió, juguetón entre sus piernas blancas, de leche, sobre una tierra blanda, alfombrada para ella por los pájaros de la noche de gardenias, jazmines y margaritas.

II

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Las raíces de sus pies, de sus manos, de sus ojos tejieron redes en la tierra y nacieron bosques tupidos y fuertes que se tragaron las piedras, trituraron los minerales y amasaron en sus ramas redondas nidos para los pájaros, refugio para los venados, las ardillas, los conejos; cuevas para los tigres y las dantas. Un horizonte de verdes cubría aquel universo.

Pero no era feliz. El amor transitó solamente por su pecho, sin sentir el calor de los fuegos de alguien que la amara. Amó con la fuerza de su mundo selvático. Amó como una gaviota, como un puma, como una mariposa o un caballito de mar o como sólo saben hacerlo las sirenas. Amo con pasión, con turbulencia, con sus seis sentidos. Pero amó sin ser amada y el tiempo tatuó en su cuerpo hermoso cicatrices de tristeza que le quitaron el brillo de su piel, y la frescura y  lozanía de otras épocas;  un viento opaco, sucio, tejió a su alrededor un manto de soledad que aún lleva.

Se replegó a su silencio. Creyó no tener ni fuerzas ni armas para luchar, a veces creía morir y a veces quiso, convertida en gaviota, irse en pos del centro del sol para que su ardor le derritiera las alas y morir en los espacios infinitos. Otras veces, junto al mar de sus sueños, a veces quiso dormir en su lecho eternamente, junto a los peces, a sus amigos, los hipocampos y a las cómplices sirenas, junto a las caracolas de las leyendas poéticas.

Se paró junto al mar, donde estaría su morada eterna, después de muchas migraciones, y veía, y veía, y veía el sol en todas sus latitudes y de tanto verlo sus huesos se hicieron de oro. Y el mar, con tonalidades verdiazules, rojigrises; con peces multicolores y hadas transformadas en sirenas de fuego y en caballitos de mar, la fueron enloqueciendo de colores y quiso hacer la luz con trazos blancos y amarillos en el final del horizonte. Se hizo artista, iluminada de imágenes caóticas, inspiradora de mundos nuevos en el lienzo vegetal o en el barro inerte que en sus manos cobraba vida de arañas hermosas, de serpientes emplumadas, de velas que encenderían el fuego perpetuo de su pecho. Se inventó un mundo sólo de ella, una dimensión donde amaba y la amaban aquellos seres que, como diosa, creaba y les daba vida.

III

Su voz era blanda, de pájaro pequeño.

Su cabellera rojiza, de fuegos diseminados en los ojos, cabellera de agua con raíces de nubes que se esponjaban en el firmamento, serpientes que se retorcían con el viento y miraban raro por sus ojos de mariposas tristes.

La luz verde de las hojas y del vuelo de las libélulas y las cigarras multicolores le salían por los ojos de miel.

Su lengua, de bejuco vegetal, redonda y rosada, chocaba con dientes de granos de maíz, blancos, jugosos, en fila perfecta de simetría exacta.

  Nació una noche de luna roja el mes del búhopescador. No supo entonces qué camino tomar para llegar con su alma al cielo de los hombres. Giró sobre su propio centro, dio vueltas aquí y allá sin elegir ninguno, todos los quería, allí nacieron sus primeras dudas y vacilaciones.

Venía de la noche y se ubicó en el largo, oscuro y negro camino que iba al extremo sur del cielo que no se ve: la noche cielilunar del universo opaco.

Pero en su pecho los dioses depositaron rayos y truenos, sueños y encantos, el camino verde de los bosques y las montañas, el multicolor de las flores y las fragancias de las aves y los insectos luminosos y sabios: la primavera de las tormentas y las lluvias, de las flores y la abundancia, el norte de la vida.

Los dioses le dieron a su cuerpo los colores del iris y sus pasos pisaron el rojo camino del oeste cielar: papagayo multicolor, guacamaya soñadora, trópico barroco, sensibilidad, éxtasis, amores de fuego.

Y puso sus pies diminutos, de hojarasca y tallos verdes, en el camino blanco de la luz, la ruta que iba al extremo este del cielo de los sueños y de los poetas, promesa de abundancia donde el hombre justo multiplicaría los peces y los panes, tierra de todos y para todos; paz, amor, igualdad. justicia.

IV

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Eran cuatro los caminos al cielo. Ya cercano el crepúsculo de su vida comenzó a comprender la fórmula de transitarlos todos encontrando el centro del cielo sin ir de extremo en extremo como siempre hizo, cargándose de dolores y cicatrices.

Una voz surgida de todos los caminos, la voz de un dios de plata, mitad rayo, mitad verso, bajó por las ramas de oro de sus cabellos. Duende diminuto de la espesura mágica de la vida, le susurró cantos de amapola al oído, quiso hipnotizarla con las voces sutiles de las boas y con la ternura de sus palabras de albatros fue descorriéndole el velo de los enigmas que la habían confundido una vida entera, el velo que cubría los ojitos de parapara de una cara tersa y limpia, cristalina, cubierta por un antifaz de estrellas.

Se puso tensa, la sangre roja y la sangre verde se revolvieron en sus entrañas y un miedo atávico le paralizó la respiración; pero los diablillos del amor se revolvieron en su pecho y con sus uñas vegetales buscaron la nueva luz para vivir. Con sus miedos y confusiones se dejó llevar por aquellas aguas, ora mansas, ora tempestuosas a la búsqueda de un destino presentido pero jamás logrado.

Tenía la fuerza y el poder de los dioses. Para amar un dios necesitaba ser diosa, pero no lo había sabido nunca, sólo lo había presentido; sus poderes se disgregaron en los cuatro caminos del cielo; pero tenía fuerza y poder para crear fantasías con la magia de sus manos y la inteligencia de su cerebro formidable. Creció, creció, creció y se hizo sabia, hermosa pero las espinas no dejaron nunca de enterrarse en su piel de leche, de almendras y mieles.

Cuando conoció el hombre-dios quiso ser mujer-diosa, tener forma perfecta de hembra; se quitó entonces sus ropajes vegetales y minerales, se desnudó junto a un riachuelo de aguas cristalinas y olor a pureza que brotaba de uno de los rayos de oro de la luna llena mañanera del trópico del creciente del nuevo año del búhopescador.

Su cuerpo de mujer fue entonces orquídea y rosa y clavel y cala y margarita de muchos pétalos para un permanente ¿será o no será, lo quiero o no lo quiero? de su constante ser o no ser en el que giró la primera media centuria de sus lunas.

El sol de la mañana dibujó su sombra de asechanzas y temores en el cuerpo corpulento de los árboles centenarios cuyas ramas la habían abrazado en todas sus mañanas. Lucía al viento carnes firmes y duras, curvas turgentes y hermosas, duras como diamantes escondidos en los Tepuyes; blancas como la leche de los sueños y las cabras montañeras; brillante y dulce como las mieles salida de la boca de mil abejas reinas.

Se acercó al hombre entre velos y puñales, limones en los ojos y uvas de playa en la punta de los pechos agresivos. Luchaba con su ayer y su mañana pero el imán del hombre la atraía, la halaba, la succionaba; sentía que nada podía hacer. Un riíto de lágrimas bajaba por sus mejillas, coloreaba de un rosado asustado la tez y le empapaba la cara de sal de la ciudad de la tristeza.

V

Un día le dio al hombre una de sus rosas en capullo. Ni blanca, ni roja, ni amarilla; de un color nuevo que para él había inventado.

Le dio al hombre una rosa en capullo con sus espinas verdes y puntiagudas para que se hincara el corazón.

Le dio al hombre una rosa en capullo de tallo áspero, para que recordara su origen turbulento.

Le dio al hombre una de sus rosas en capullo que al abrirse brotó de sus entrañas fragancias y aromas extraños, aromas exóticos que se esparcieron por las comarcas del pecho del ser enamorado.

Era una mujer-cóndor con la maldad de un niño. Tenía en la cintura un puñal de obsidiana con el que hablaba con sus espíritus vegetales y sus duendes y sus hadas invisibles. Arañaba al hombre con el filo de sus hojas; dejaba caer sobre él tormentas cósmicas; lo empujaba en las terribles trampas de la noches. Él callaba, observaba, esperaba, sólo esperaba, sabía lo que podría venir después.

Pero estaba enamorada, enloquecida de ardores e ilusiones nuevas en el creciente de la luna llena. Le llegó a su nariz de venado el olor de algas de la piel del hombre; del mastranto que salía de sus arterias. Sintió pequeñas explosiones en su pecho, quiso entonces remontar sus antiguas aguas, volverse cerbatana o escarabajo o gaviota para retornar a los cielos marinos; yegua para trotar libremente por las praderas de sus sueños; sirena para cruzar, junto a los hipocampos, los siete mares y descubrir sus secretos.

Bañó al hombre de flores blancas y en el suelo se hizo un pocito cristalino, una fuente donde nacería una virgen.

Pero no quiso. Supo que había encontrado el centro para cruzar los cuatro caminos del cielo de los hombres sin sufrir heridas, o desgarraduras, o desamores; sin necesidad de esconderse entre las valvas de madreperlas para escapar de las furias humanas. Comprendió que aquel hombre-dios era su luz, el faro que buscó toda una vida, allí terminaba un largo trecho de su angustiada y tormentosa vida. Sabía que con él otro mundo comenzaba, entre junglas nuevas, manglares, peces voladores.

Pero sintió miedo, un miedo perverso, incontrolable que la hizo emprender veloz carrera hacia su antigua gruta, esconder allí sus miedos absurdos a vivir, a compartir la vida; tenía todo en las manos y lo dejaba, insensatamente, perderse. 

VI 

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En las noches de luna llena, cuando su alma gemía soledades y desdichas y el sueño saeteaba sus ojos para cerrarlos de olvido; dormida de ojos cerrados por la tristeza y el llanto, adquirió poderes nuevos, se volvía mágica en esa penumbra de sombras y claridades, olores buenos y malos; y al despertar el día, otra se sentía, otra era.

Tenía días, semanas, quizás meses, sin sentir el amanecer, ni en cantío de los pájaros mañaneros, ni el alboroto de las guacamayas, ni siquiera el canto del gallo griego que le habían traído el hombre-dios de lejanas tierras. La boca sin saliva, seca de angustias, rígida de temores. El pelo enmarañado entre los ojos, adherido a las mejillas, alborotado de nudos y formando nidos en la almohada blonda y suave que soportaba su inquietud y desazón.

Sentía paralizado el cuerpo, quieto, como esperando que el hombre-dios montara en la yegua desesperada, ansiosa por corretear en praderas nuevas.

En una tela hecha de hilos de oro, algodones de las barbas del más viejo de sus duendes, de fibras vegetales que sólo crecían en la montaña mágica, dibujó en secreto su rostro amado y con él conversaba en las noches eternas que sus temores y angustias, paralizaban. Hablaba con el cuadro, se incrustaba al verdiazulado remezón de sus ojos, en el rictus extraño de sus labios de tierra roja, trepaba en los pómulos de salientes frondas, recorría los hilillos multicolores de su pelo, se columpiaba en una recta nariz. Le confiaba su amor secreto y empapaba de una sal lejana la terredad del lienzo.

Después venía un silencio de presagios; tomaba, entonces, la figura amada de radiantes brillos, y  cubría con ella su cuerpo de mujer solitaria cargada de ardores apagados; lo acariciaba entre sus mejillas, lo ponía en su frente inteligente para traspasarle sus pensamientos. Luego lo besaba, besaba, besaba con tal intensidad como si fuera un rito; con exorcismos nuevos queriendo vanamente sacarse aquella fuerza de sus entrañas. Pero quería hechizarlo, embrujarlo para que no se fuera de su vida, para no olvidarlo.

Amanecían días nuevos y ella parecía no verlos. Era náufraga estrella en las claridades finales de la luna roja. Oscura maraña selvática de verdes tristes y ojos asustados. Rojo coral que olía a resinas salitrosas, a húmedas leches del sereno cálido, al penetrante mastranto que alfombraba sus montañas.

Pero los picotazos del amor la hacían reblandecer de colores nuevos a la luz del plenilunio, pero aún su brillo era opaco: necesitaba algo que ella no poseía ni podía darse.

En las noches de su angustia abría una ventana de gruesos bejucos en la tupida red de hojas de las moles arbóreas, veía, en el insomnio que le cubría sus inquietudes, el letargo de un sueño largo, el cielo de los hombres con sus cuatro largos caminos que había recorrido durante todos sus lustros y en donde no había encontrado nunca el centro exacto donde se encontraban hombres y mujeres, átomos del universo, en equilibrio perfecto con el cosmos y que recorrían a su antojo todos los cuatro caminos en un breve espacio de tiempo.

En ese cielo de estrellas soñadas sus ojos de artista vieron claramente una constante claridad, el reflejo de algunos tenues azules y rojos intensos -como puñales-, un rosado dulce, de hija deseada; un verde de esperanzas nuevas; violetas y lilas igual que canto de sirenas.

Ese filo de cielo hermoso se quedaba fijo, prendado en sus ojos rasgados, de mil razas. ¿No será ese, pensó, el quinto camino del cielo, el que me lleva al hombre-dios?

Ya asomando la luz el puñal de los primeros rayos de oro, sintió en su rostro una brisa fría con sabor avinagrado de hoja muerta, ácida. Tenía la sensación de que andaba flotando, como en los sueños agitados, que se le caían pedazos como si fuera algodón de espumas, algodón de noche triste. Sentía como si no tuviera el brillo de estrella que siempre la acompañó. Se veía abrazada de todos los miedos pero, cosa rara, no sentía ningún temor cuando pensaba en el hombre-dios. Comprendió, tardíamente tal vez, que hacia allí debían apuntar las flechas de sus raíces, comenzar nuevamente el camino hacia su propio destino, inexorablemente amarrado con bejucos gruesos de lianas selváticas, al hombre-dios que una noche de locuras espectrales apartó de su lado. No estaba segura si podía hacerlo, lloró entonces copiosamente por la soledad que presentía cernirse sobre su vida como espada que pendía de la cúpula del cielo.  

VII

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No pudo resistir más aquella angustia que le atenazaba el alma y decidió ir al templo de sus dioses en la montaña dorada, el Guaraira Repano de sus antepasados, invocar las fuerzas de su cielo vegetal, la magia del centro de la tierra, el ardor de las aguas del mar y la furia de los vientos, sacarse la desazón, el pesar por el hombre-dios que la poseía todos los instantes y no sabía cómo encontrarlo.

Atrás, a su espalda, iba quedando el mar, su mar con sus olores mágicos, sus peces de colores y su espuma de niebla; las peñas que sobresalían y daban la sensación de morir en una explosión seca, apagada, como muerte de gaviotas en las costas de un equinoccio lejano, inmóviles en el cielo, flotando, turbulentas en su caída cósmica.

Subió aún oscuro, el crepúsculo se insinuaba en el naciente con tonalidades grises, un blanquecino que luego brillaba como el oro. Subía por la cuesta con paso firme, rápida la respiración por el esfuerzo. Arrastraba en sus sandalias de hojas blandas un ansia de soledad, pero en sus ojos brillosos, fulgurantes guindaba el mañana de sus labios, carnosos como pulpas de guayabas maduras.

En un momento de su andar ansioso, cuesta arriba, con su alegría de niña que descubre de pronto la vida, creyó sentir que parte de su ayer, el de la tristeza y los infortunios, el que la cargó de soledad y desamor, rodaba cuesta abajo como pesada piedra de hierro. Un silencio de inmortales recuerdos, cubría el bosque. El rocío de luna llena reposaba sobre las hojas de los árboles y los arbustos. Se iniciaba un coro de voces canoras, contrapunto sublime de mil sonoridades iba ganando el día que despuntó repentinamente con el resplandor magnífico de las ilusiones. Sintió el súbito cambio, su piel se erizó de alegrías nuevas. Caminó y caminó sin pausa, convencida de que al final de ese andar se definía la parte más importante de su vida.

Con su olfato de largas distancias percibió el olor grato de la vegetación singular de la gruta sagrada; oyó el sonido particular de las cosas, de la vida de ese mundo único.

El canto de la cascada cayendo agua desde lo alto de la montaña. Las nubes retozando, alegres, como niños brincones, entre los pinos y los caobos. Un azulear de pájaros presintiendo lo grande, y más allá, el multicolor del iris de las bandadas de aves escoltándole el paso.

La envolvió un olor de fragancia joven, de frutas en sazón perfumadas por el aliento de las flores. Respiró hondo, que más bien parecía suspiro, se llenó de la fuerza de aquellos olores gratos. Un naufragio de estrellas iba desapareciendo, la redonda luna tampoco se veía, sólo un valle de verdes tumultuosos, claros y oscuros ropaje de árboles centenarios, tapiz de flores para alfombrar su rito. La claridad imponente de un día nuevo la llenó de más optimismo, de una fe que le nacía de adentro, de esa magia que le nacía con el sueño que por días y noche, despierta o hipnotizada, tenía con el hombre-dios.

Se quedó sin ropas, junto al pequeño y singular altar que estaba casi a la entrada de la boca de la gruta. El cuerpo níveo se erizó del frío matutino y sus ojos se clavaron en los ídolos de flores, sin marchitarse, sin perder su fragancia desde siempre allí, puestos, hechos, construidos por manos sagradas, por manos sabias, artesanas que con pétalos y madejas multicolores construyeron el rostro del dios del amor, del dios de la vida, del dios de las cosas, del dios de la naturaleza, del dios del cosmos donde todo en el universo estaba en perfecta armonía, equilibrio ecológico majestuoso donde el tiempo sembró paz en el corazón de hombres y mujeres.

De pronto sintió miedo, un temor de dudas, de viejas soledades, de creer que ella era tan solo la tentación, el fuego de la carne que sin amor calcinaba la vida, que ardía, achicharraba todo cuanto tocaba.

Sus ojos vieron el entorno de la cueva, clareada de luces por hoyuelos  diseminados en su bóveda que parecían bombillos encendidos. Un olor a raíces húmedas, de flores dormidas con perfume de lluvia blanca, fragancia de rayos solares, olor a cosa sagrada se le pegaba de la piel despojada de artificios. Junto al altarzuelo estaba un pozo, un diáfano resplandor clareaba sus aguas que lo hacía parecer un enorme espejo, allí vio su figura, poco caminó para verse de cuerpo entero. Se recreó con su cuerpo de flores y bejucos, de hojas y ramas tiernas, piedras preciosas salpicando su espalda y el borde de sus pechos de leche, abalorios diseminados en la geografía blanca. Caminó luego, lentamente, como poseída,  hacia el altar; los ídolos parecían flamas de promesas antiguas, se alzaban majestuosos entre el borde de sus ojos que sobresalían en las caras talladas con el barro de la vida, barro mitad con talla de hombre, barro con forma mitad  de mujer.

Tomó con fervor, con respetuosa parsimonia las dos estatuillas, las juntó y sintió un corrientazo en sus entrañas, el amor la estremeció, conversó entonces con las enigmáticas figuras, con los dioses invisibles, con el hombre-dios amado y al que en esos instantes, en aquel sagrado lugar, le imploraba amor.

¿De dónde traes / hombre bueno / ese olor de sueños en tus palabras /  perfume ignoto de  guerreros / que me recuerda no sé qué cosas de otras edades  de mis luchas  de otros tiempos?

¿Quién eres hombre que pienso mío? / ¿Qué eres  te pregunto /  mirándote desde el dintel de este sueño? / ¿Por qué no eres igual a los demás / y me gustas con tu embrujo de sacerdote del amor? 

Eres como yo  la otra porción de mí    mi ser completo /  pero aún junto a tí siento que yo no soy yo / cuando con tus ciclones invades mis turbulentos dominios 

Abriste con paciencia / sabiduría de muchas edades– /  la brecha hacia un camino nuevo    el tuyo /  reminiscencia de la luna roja /  por ti vuelvo de la nada / donde moré largas lunas  

Tu luz cósmica me llama / una fuerza extraña emana de ti que me succiona / es tu voz    hombre-pez    ave inmensa /  tu mirada de verdes fuegos / una forma nueva de ser de misterios antiguos / algo desconocido que me impregna toda 

¿Te vas  amor   que te veo muy alto / en un firmamento lejano? / pero sola yo siento la fuerza de tu vida en mí / el batir de tus alas de cóndor /  en otras dimensiones / tu lucha eterna   amado / tu lucha por la vida? / ¿Volveremos de nuevo al combate del amor / al hechizo  de cuerpos restregándose vida /  o la soledad invadirá mis dominios nuevamente? 

Su voz salmodiaba la intensidad de sus sentimientos, decía una oración a su propio dios, poesía que brotaba como burbujas del centro de su alma, la decía al hombre que se le metió en las entrañas y le circulaba rauda por las arterias y la vida toda. Leyó, entonces, en las tablillas sagradas, el rito a seguir.

Sin hablar traza / signos con tu cuerpo / tus gestos todo lo dicen / escribes sobre una historia desconocida / pones en mi índice derecho una alianza brillante / y con solemnidad /   como en un rito sagrado  que invoca los dioses de la vida / mirando en el espejo del agua la desnudez del hombre adorado / palabras de miel brotan de tu boca:¡para siempre hombre amado!   Que tu fuerza me sostenga / deja que ponga mi boca sobre tu vida eterna / déjame cocer mi cuerpo al tuyo / prender tu sol a mis huesos / riégame con tus hechizos / danza en mí hombre-dios / cúbreme de tu lujuria / y de tu ternura inmensa / dame ese amor de titanes que posees / nada en este vientre de oleaje tempestuoso / surca mis aguas con ardor / deja que la marea nos arrastre / a la playa de una vida nueva. 

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Volvió a las claras aguas del pozo, se agachó en su orilla, bebió un poco del agua fresca y miró su rostro en el espejo del fondo, junto al suyo, en el fondo surcado de pececillos multicolores, vio entonces el del hombre-dios que invocaba; el éxtasis que la poseía aumentó y percibió por dentro su voz cálida que le hablaba en un lenguaje de metáforas que ella entendía perfectamente.

Mujer vegetal, mineral, boreal: con mis manos tomo el espejo de tus ojos / lo macero / lo trituro / lo disuelvo / la luz de un nuevo sol unto en tu cara de amapola / te doy nuevas sabidurías / A través de los signos de mi cuerpo / aprendes definitivamente que amarme es contar estrellas en la infinitud del cielo / cerrar y abrir los sueños / leer los códigos indígenas en las piedras de los caminos / volver a tu pasado sin dolor / escribir definitivamente / la historia de tu vida sin sobresaltos ni temores / adornar tu cuerpo con los tules de mi voz /  y el sonido mágico de mis palabras.

Con este amor puedes / en la hora definitiva de tu vida / adivinar el rumbo de las constelaciones de los hombres / detener el tiempo de la vejez / rociar en tu cuerpo este perfume de vida / grabarte un olor de playa / algas / grito de albatros / que evoca el velamen de aquellos recuerdos / guardados en el crepúsculo de un cofre de madera / pueblos viejos / reminiscencias / gaviotas / pelícanos / palomas cruzando tus espacios niños.

Maga mía / toma este talismán / ocho acostado de obsidiana / para que conmigo llegues al infinito / alfa y omega de tu tiempo y el mío / recibe esta alquimia / allí van mis secretos para ti / después de ayer no hay regreso / atrás la nada nos devora / el hechizo está consumado / los cuerpos fundidos entre lenguas de lava / rociados de canela y clavo / se aprestan para nuevos ritos.

Gran Sabana, Estado Bolívar, 20 de diciembre de 1996.

La Guayra, Municipio Vargas, 28/29 de diciembre de 1996.

Biscucuy, Estado Trujillo, 28/29 de junio de 1997.

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LOS DESPLAZAMIENTOS EN LA ESCRITURA DE HUMBERTO GÓMEZ

A propósito del cuento Los cuatro caminos del cielo

Juan José Miñonís *

Exclusivo para la Revista Caracola

FUEGO DE TEMPESTADES LEJANAS INCRUSTADAS EN LAS CARNES DEL HORIZONTE

Así como existen pensadores privados y públicos, según decía Leibniz, existen escritores volcados hacia la interioridad y otros hacia la descripción e interpretación del mundo.

En Humberto Gómez García fluyen el pensador y el escritor, el hombre interior que transita el imaginario y el pensador. Acaso más reconocido por sus escritos historiográficos y políticos, sociológicos y económicos, muy pocos en verdad han sido los críticos que se han dedicado a la narrativa y a la lírica de este autor. Poesía de intimidad y narrativa que preludia cosmogonías, Humberto ejerce un despliegue de significaciones que como un surtidor irriga las franjas de la vida poblándolas de una nueva vitalidad. Cierto: esto mismo aparece en sus textos políticos, sin que quiera decir con esto que Humberto poetiza la política, aunque deba advertirse que al enunciarse poéticamente un acontecimiento histórico la plurisiginificación múltiple de la cual hablan los críticos (en especial, los estetólogos) sin duda se enriquece al permitirle al interpretante un mayor espectro de absorción de la lectura y comprensión de la visión epocal) o, como suele llamársele, una visión de mundo o Weltanshauung. El desplazamiento escritural promete otras sorpresas: es en sí mismo un proceso habitado por hélices cuyo efecto rotativo y centrífugo cicatriza las heridas del orbe. En Humberto la tarea para la crítica, me temo, debe ser ardua.

Comprometido con la historia, hay que asumir que existe asimismo una historicidad en su escritura.

Doble movimiento. El análisis de la historia y la historicidad de un individuo que escribe a través de la historia. Como historiador recopila, compone y descompone, es decir, analiza y dice. Desde la historicidad crea vastos espacios en donde crece la fronda mitológica de las cosmogonías tal como lo ha hecho en su libro de relatos Los cuatro caminos del cielo.

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El gran escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura.

Mitología e historia forman un continuum que nos hace recordar a Miguel Ángel Asturias. Si no la vertiente fundacional de la matriz telúrica, entonces la poesía. La tierra es la historia y asimismo la mujer, la hembra liberada al azar feliz de escribir su historia que es la historia de todas las mujeres que es la historia de la madre tierra. Evocaciones de Neruda, uno de sus poetas preferidos, concluyen, dialogan y se disipan en los mitos nacientes. Para Humberto no existen puentes infranqueables entre los universos escriturales. Por el contrario, configuran una urdimbre, un escenario donde operan de modo natural la retórica de la inmanencia y de lo instantáneo. Lo cual no debe confundirse ni con el instantaneísmo ni con un deliberado simultaneísmo.

En último análisis, existen personajes. Poco sabemos, si observamos con el doble ojo de la lucidez, dónde termina una persona y comienza la otra (o a la inversa). Los personajes de la historia (anticuaria, monumental y crítica) de Humberto conviven con los de sus cosmogonías y con sus amores devenidos un eros que desea seguir siendo eros, o un deseo que sólo quiere ser deseo. Desde todos los ángulos, la escritura de Humberto posee un eje y un abanico multicolor: la mujer. La mujer es observada desde la perspectiva horizontal cuando, como dice Paul Eluard, cierras el corazón y abres tus piernas; a su vez, la miramos con su ojo desde lo vertical cuando desandamos el mismo horizonte de la lucidez y la saciedad se transforma en interrogación.

Enamorado de la vida, su compromiso político anuda las otras esferas en donde se sumerge para reaparecer en un río de luces e incandescencias.

Si el poema se desnuda en una avalancha de aguas claras y decididas, las palabras del periodista golpean como piedras heridas. La complicidad se abandona a la transparencia y esta última a la intensidad. En todas las épocas ha habido sujetos crípticos. Unos por una necesidad de trascender la trivialidad cotidiana del lenguaje y otros porque no sabiendo qué decir porque no tienen nada que decir, se dicen a sí mismos en una tautología de maromas e invisibilidades sin respuesta. Humberto prefiere la claridad expositiva, aproximándose con las debidas distancias al espíritu clásico. Algunos se aventuran a etiquetarlo dentro del barroquismo.

Según estas percepciones, ¿qué podría decirse de la pintura de Diego Rivera o de la Siqueiros?

Bien pensado, más que barroquismo se trata de una simultaneidad, como dije, dispersa, como el  surtidor y la aspersión. Aún más: en su escritura convergen la dispersión y la aspersión. Es más bien un problema de etiquetas y no de estilos o registros escriturales de la ruptura de tradiciones y la tradición de las rupturas, como solía decir Octavio Paz.

Latinoamérica es expansiva, fluvial, errática, enredada, tautológica, redundante, curvada y no lineal, como sus mujeres, oscura y asimismo solar, intrincada, laberíntica, circular y oblonga, obtusa y asimismo dialéctica. Es barroca si entendemos por barroco la palabra que más se le asemeja: profusión, aunque me temo que el término se quede corto ante la pluralidad de un continente. Por la misma razón, la inasibilidad latinoamericana, tan bien descrita por poetas y pensadores (el mejor pensador es el poeta y a la inversa), es la raíz de su misma unidad y univocidad.

Humberto se prodiga tiempo en sus observaciones. Cada percepción persiste en el tiempo hasta volcarse en una palabra o un silencio. Música de encantamientos, no es vano afirmar que su creación es resonancia, eco y sonoridad acuosa. Su palabra predilecta, contigua a amor, espesura, mujer, vientre es una que las congrega y las dispersa en el eco repetido: caracol… o caracola.

Si todo poeta es un observador, su ambición es la de convertirse en un visionario. La metamorfosis de la observación en visión es el puente que une la realidad cotidiana con el estallido del ojo que fluye en múltiples direcciones y crea pequeños universos, cosmogonías, síntesis de opciones que inundan paisajes fundacionales de materiales cuya solidez espiritualiza la materia a la manera de Feuerbach.

LOS CUATRO CAMINOS DEL CIELO: LEYENDA DE LA MUJER VEGETAL

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Relato de Xibalba maya en una cueva de Guatemala.

Entre los mitos aborígenes es frecuente encontrar el topos vegetal y, por supuesto, al agua. Los hombres de maíz del Popol Vuh parece ser una excepción. Si bien no descarta el agua, existe algo anterior incluso al logos de la mitología bíblica: la suspensión. La suspensión del Popol Vuh es parecida al vacío, o a la vacuidad que se expresa en el budismo (sunyata), donde la vacuidad es la forma y la forma es la vacuidad. Por otra parte, el nacimiento de los hombres en el texto maya-quiché los dioses solares conviven con los señores de Xibalbá, no sin haber sido precedido por una de las cosmogonías mejor mostradas en la universalidad de los mitos. Ixquic es preñada por la saliva de una calavera, tomada por ramera, creando un encadenamiento de sucesos que culminan en un desvío: vencer a los señores del Inframundo, los de Xibalbá. Blake, poeta y visionario, también soñaría y escribiría en The Marriage of Heaven and Hell (El matrimonio del cielo y el infierno). Ixquic engendra la vida a partir de la muerte. La calavera, la saliva, disipa su propia substancia negativa y tanática. Deviene semen y por un proceso de desplazamiento el acontecimiento se cierra con la derrota, como dije, de los señores de Xibalbá. Estas operaciones parecen ocurrir en el inframundo, de manera que se trata de un descenso adinferos. De la unión sexual ritual nacen hombres y dioses: metamorfosis de hombres en dioses y a la inversa.

Aunque Humberto Gómez García habla de una leyenda, se trata más bien de un mito. La leyenda según Northrop Frye (Anatomía de la novela) surge de superficies, de periferias, se crea y recrea en las espirales de los límites, recoge las resonancias de un centro desde cuya energía se engendra el mitos; el mythos nace de un centro, aún más, es el centro. Probablemente el autor supuso que la “Leyenda de la mujer vegetal” aludía dentro de su singularidad espacial a un mito ancilar derivado de las diversas cosmogonías americanas y, en general, del planeta. Una lectura más atenta devela los componentes de una estructura mítica, una cosmogonía y una teogonía. La diosa conversa mientras se hace y deshace.

Conversa con su historia, conversa con los hombres, conversa consigo misma.

Es, pues, lenguaje elevado a la transversalidad de la estructura mítica. El universo se nos presenta como una confusa masa caótica. El lenguaje de Humberto Gómez se dicotomiza en dos vectores.

En uno de ellos el hombre ya ha sido increado y es, más bien, el sueño de una mujer diosa. Esta fase hace recordar a los dei otiossi, los dioses ociosos, solidarios de la creación del universo. En el otro vector habita la diosa entre “racimos de estrellas en la bóveda del tiempo como besos de nácar”. Asimismo, se habla de una noche “que se vistió de frío”. No es de ningún modo un universo preformal, todo lo contrario, muy formal en el sentido de acabado, definido y de hechura compacta, aunque no obstante todo acontece in illo tempore. La Eternidad, lejos de hallarse en una Suspensión o, mejor aún, ser una y la misma cosa (Eternidad = Suspensión). La diosa ha nacido y gracias a la astucia de la mecánica mítica, despojada de todo sujeto de temporalización, aún no ha nacido.

¿Existe una mejor manera de describir un acontecimiento distópico y a su vez atemporalizado?

Habiendo nacido, la diosa nace de una agua bermeja, dentro del follaje agreste de la selva. Por lo tanto es un nacimiento que invoca la repetición. Si bien nació y reaparece más adelante naciendo nuevamente no se crea que ha nacido dos veces (sería demasiado ingenuo pensar así). Está naciendo a cada instante gracias al olvido de la dinámica y la retórica míticas.

Asistimos al tratamiento de los elementos capitales de la filosofía de Gines Deleuze en su texto capital Diferencia y Repetición. No es un renacer. Son dos naceres y, en suma, una infinita serie de naceres como diosa, en tanto finita como mujer. Estos nacimientos implican naturalmente el olvido como condición irrevocable para ceder a la repetición y penetrar nos de ese nacer como uno solo, exclusivo y excluyente del resto de los naceres. Se fundamenta así una ontología del olvido en la mítica de Humberto Gómez García como filosofía positiva, de la misma manera como existe una potencia (o poder) en la diosa-mujer para saturarse de su ser mujer, olvidar para resistir la ausencia de la pasión, e imponerse girar sobre sí misma para descubrirse como otra que nunca ha cesado de ser ella sin embargo.

Si los hombres habían poblado la tierra, ¿para qué, entonces, se da en esta narrativa de la diosa vegetal?

El primer indicio es que nació para ser amada (p.35) en un mundo temporalizado que

“tatuó en su cuerpo hermoso cicatrices de tristeza que le quitaron el brillo de su piel (…) un viento opaco, sucio, tejió a su alrededor un manto de soledad que aún lleva”.

Como se observa nos encontramos en tratos con una cosmogonía oscilante y caógena. Si enfocamos más la lente, los hilos del tapiz descubrirán que se trata de un trabajo de deconstrucción. Una cosmogonía escrita desde el seno de la condición postmoderna y, en especial, de la deconstrucción, a la manera de Derrida y, en un segundo plano, como invención, del rostro borrado de Foucault.

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“Hay un pasaje que hace recordar a Plotino cuando éste de fruto seco, fruto femenino y sin fuerzas”.

Hay un pasaje que hace recordar a Plotino cuando éste de fruto seco, fruto femenino y sin fuerzas:

“Se replegó en su silencio. Creyó no tener fuerzas ni armas para luchar, a veces creía morir y a veces quiso…”.

De diosa vegetal, lunar, opera un tránsito como mujer solar y náutica, progresivamente enloqueciendo de colores. Desinteresada en su delirio encapsulado de diosa, opta por ser artífice o, más propiamente, artista, iluminada de imágenes caóticas. La botánica y la zoología de su universo americano son el resultado de un desatino.

Además este universo es especular: la justifica. Es un universo por delegación. No siendo amada inventa seres amables en un mundo sólo de ella, una dimensión donde amaba y la amaban aquellos seres que, como diosa, creaba y les daba vida.

La diosa es la reflexión de un momento en donde nacen y mueren infinitos mundos. La cosmogonía que exhibe el autor es circular. Si bien existen cuatro caminos que dan el cielo, nada sabemos de esos caminos, excepto que señalizan (signo y símbolo como elementos de un complejo sistema de señalizaciones, como operadores existenciales). La circularidad es la repetición y ésta a su vez es el eterno retorno nietzscheano:

“Nació una noche de luna roja el mes del búho-pescador. No supo entonces qué camino tomar para llegar con su alma al cielo de los hombres. Giró sobre su propio centro, dio vueltas aquí y allá sin elegir ninguno, todos los quería, allí nacieron sus primeras vacilaciones y dudas. (…) Venía de la noche y se ubicó en el largo, oscuro y negro camino que iba al extremo sur del cielo que no se ve: la noche cielilunar del universo opaco”.

Los cuatro caminos al cielo son la elevación del hombre a la enésima potencia. Es un problema de intensidad en el instante, forma recobrada del hombre como imposición de su destino, de su amor fati nietzscheano. La substancia de los cuatro caminos se substrae a la cifra. No son cuatro, ni diez, ni ningún número. Es la intención y la intensidad, la potencia del movimiento, clausurada en un rectángulo, con la urgencia de transitarlos para hallar el centro del cielo.

La novedad cosmogónica es la inversión. En el mundo de Humberto Gómez García nada es garantía de un recorrido. El pasado es reabsorbido de inmediato por el presente y el futuro que nunca han existido excepto como pasado desmembrado de su substancia. La diosa vegetal es una construcción que se deconstruye. Los materiales son heteróclitos. La voz de un dios es de plata, una mitad es de rayo, la otra de verso. Alejado de todo barroquismo, los bloques narratológicos son surrealistas, a falta de un concepto mejor. La clave y el enigma de la cosmogonía no debemos buscarlo en la producción de una historia mítica sino en la reconstrucción y deconstrucción de un lenguaje que aspira a configurarse como un lenguaje otro, distinto a, diferente de.

La narración del encuentro es elíptica. La diosa que ha sido mujer y diosa desea su mismidad:

“Cuando conoció al hombre/dios quiso ser mujer/diosa, tener forma perfecta de hembra; se quitó entonces sus ropajes vegetales y minerales, se desnudó junto a un riachuelo de aguas cristalinas y olor a pureza que brotaba de uno de los rayos de oro de la luna llena mañanera del trópico del creciente del nuevo año del búhopescador”.

El lenguaje súbitamente se acelera al final del relato. Si el surrealismo ha de definirse por la continuidad, la ausencia de una sintaxis, el extravío de la lógica, el final (o lo que deseemos entender como tal, puesto que todo esto es infinito como el ocho acostado de obsidiana que le ofrece el dios) experimenta una compresión, una urgente necesidad de decirse como mitos no tanto para concluir sino, por el contrario, para comenzar. De esta manera, Humberto Gómez García nos invita a la eterna danza del devenir, a danzar con la mujer/niña de los surrealistas, con la hembra, en sus flujos y reflujos donde habrá de recibir esta alquimia: allí van mis secretos para ti, después de ayer no hay regreso atrás o la nada nos devora… y, asimismo, a contemplar un ritmo eterno y silencioso donde los fuegos de una dialecticidad empiezan a engendrar nuevas rutas hacia lo que Saint John Perse llamó los relucientes porvenires.

En Mérida, a los catorce días de febrero del 2010

* Juan José Miñonís, escritor, investigador y crítico literario, experto en el idioma castellano, corrector de pruebas, docente.

 

 

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