YemayaNarrativa 

Cuento. La Tarde de los Fantasmas *

Cuento

La tarde de los fantasmas

Humberto Gómez García

A una recordada amiga cubana 

I 

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Alina estaba sentada junto a mí en la cama, sentía muy cerca su olor de mujer  triste. Vi sus ojos húmedos de lluvia, la que se precipitó sobre el verano. Me rozaron  sus dolores, perdidos en el laberinto de los recuerdos.

Por esos días estaba muy cambiante, un rato alegre y otro triste, como cuando  hay un sol  radiante y de pronto aparecen nubes oscuras en el cielo. A medida que pasaban los días estaba más y más deprimida. Desde que la conocía no la había visto antes así, el corazón amortajado, sus lágrimas silenciosas cayendo sobre el vestido de seda con flores rojas y amarillas, que le había traído de Caracas. Los suspiros se escapaban de su alma como si la vida se le deshiciera.

Me costaba consolarla, no sabía qué decirle; pensé que conmigo a su lado era suficiente para darle fuerzas y ánimos en aquellos momentos donde iría al encuentro de Olivia, su madre, que partió un inesperado día tres años atrás.

Pese a que hacía esfuerzos no entendía mucho de lo que estaba ocurriendo, Alina no decía nada más que pronto vería de nuevo a su madre; Mamita tienes que curarte, cuídate mucho, no le hagas caso a Olga ni a sus intrigas, no pelees  pero su estado de ánimo, su depresión no me parecía se correspondía con ir al cementerio a exhumar a alguien fallecido. Era mejor esperar a que ella fuese más explícita, pensé, así podría orientar mejor mis palabras.  ¿Cómo está la mamá más linda del mundo? Bien hija, y tu esposo? Como Yemayá tenía los ovarios grandes pero su carácter no variaba. El mar le había impregnado un poco de su belleza y cuando abría los brazos parecía una gaviota. Su familia era su mar y allí gobernaba como Reina y Señora. Tímida a veces, tempestuosa, suave y sutil, altanera cuando era necesario.  Mamá, abrázame como cuando era niña, acúname en tus brazos. Alina, hija, ya no debes mamarte ese dedo, estás muy grande ya.

Lo cierto es que no entendía aquello, el encuentro con la muerte no era nada común en mí ni en mi cultura, más allá que en diferentes momentos de peligro de mi vida azarosa la hubiese topado frontalmente, saliendo indemne en cada ocasión.

Si me habían llamado la atención algunos hechos que califiqué de raros. La noche de anoche tuve repentinamente la sensación –no sé cuánto tiempo me duró– de que en la casa no habían ruidos, ni siquiera los de la calle. Me paré al baño y oía mis pisadas como cayendo al fondo de un hueco, retumbando en un eco largo y seco cuyo sonido trepaba por las paredes y a ellas se adherían.

En la madrugada, cerca del amanecer, oí los gemidos calladitos de Alina, mi mujer, en la cama. La sentí voltearse una y otra vez, de pronto sus sollozos se abrieron desde el fondo de su pecho y se confundían con la lluvia que afuera batía con furia queriendo abrir las ventanas. Ante el padre déspota y torpe, ella era el equilibrio, no tenía tiempo para ser altanera ni orgullosa; pero cuando tenía la serpiente por dentro miraba fuerte y era altiva; era una gran madre que reinaba en el azul, parecía ola majestuosa y ondulante, que llevaba en sus burbujas la sabiduría del mundo. Gustaba de vivir en los caracoles y siempre le decía a su madre que moraba dentro de una tinaja azul que ella tenía en la cocina, y de joven se movía con gracia, como las culebras, ondulaba como el mar. ¡Mamá! ¿No ves que no puedes hacer esos esfuerzos? Deja que yo ayudo a papá. Mami, mami linda, ¿me das un beso como cuando yo era chiquita y tú me consentías? Ande viejita hermosa, mi muñeca blanca, mi andaluza, cánteme una de esas canciones españolas tan lindas que usted se sabe o cuénteme un cuento, igual a cuando yo tenía seis años y me hablabas de unos barbudos que vivían en las montañas y que bajaron un día repartiendo felicidad entre la gente pobre. Una sensación de tiempo encogido me invadió. Esto debe ser un sueño, dije mientras me volvía a acostar, un sueño despierto ¿o una pesadilla?

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“Me abrazó, casi estaba adherida a mí, sentía temblar su hermoso cuerpo desnudo junto al mío, la oía balbucir, decir cosas…”.

Me abrazó, casi estaba adherida a mí, sentía temblar su hermoso cuerpo desnudo junto al mío, la oía balbucir, decir cosas… Esta es tu cama madre, aquí falleciste un día de sol y canto de pájaros; estoy en el colchón suave y me cubre tu frazada de cuadros rojo punzó, carmelitas y prietos, igual a como lo hacías conmigo en las noches de lluvia y dormíamos juntas en mi niñez; estoy en el huequito que hiciste para mí, donde estaba la forma de tu cuerpo; tus brazos que me protegían. Madre siento tu respiración en mi cuello, el latido de tu corazón inmenso y hermoso que amó tanto y repartió amor y bondad entre tanta gente de nuestro pueblo. Tus arrullos aún me persiguen, me hacen sentir niña en mi soledad del cuarto, me hacen chupar el dedo pulgar de mi mano derecha como si fuera una niña pequeña. ¿Qué me pasa contigo madre que te necesito como el primer día de mi infancia, mi niñez de oro junto a ti, mi juventud plácida? ¿Dime amor, que bendigo el día en que apareciste en mi vida, dime hombre magnífico, qué hago si ya Olivia no estará nunca más entre nosotros, por qué volvió a dislocarme su recuerdo, su presencia que sé está aquí? ¿Cual es el mensaje, cuál la señal, cuál la verdad que me quiere decir y habrá algún secreto que yo no supe y se lo llevó, lo sabía Olga y nunca me lo dijo?

Recuerdas cuando leíamos a Manuel Cofiño, la hermosa novela “Cuando la sangre se parece al fuego”? Hay una frase suya, de esa novela que tanto nos gustó, que dice, déjame ver si la recuerdo de memoria, ah sí: “El tiempo desnuda los recuerdos en la distancia y exalta su misterio”. Creo, le dije, que en esa filosofía hay una gran verdad. Estás teniendo un encuentro inesperado con los recuerdos, hay una intensa regresión en ti al pasado, a tu infancia, a tu juventud. Se han abierto heridas que no estaban bien cicatrizadas, hay cosas, conflictos en la familia, dudas, reservas entre tu y tu hermana,, que no se han resuelto y presiento que viene una quemar violento de etapas que han debido vivirse y cerrarse. Me abrazó con más intensidad, hazme un collar de besos que el otro ya se disipó. Por tus besos y tu forma de ver las cosas es que me gustas tanto, te quiero tanto…

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“Eso ocurre por esta época casi siempre, cuando los vivos van al encuentro de sus muertos; esos son los pájaros de Alina, es el mensaje de algún familiar fallecido, la madre tal vez o… Es Osaín, el dueño de las flores, los pájaros y las mariposas y de todos los colores del universo que dejó este mensaje… “

Al amanecer los ruidos opacos mantenían su reinado. Al querer salir para la calle, una fría seis de la mañana, me encontré en el zaguán de la entrada del pequeño edificio donde vivía con Alina, literalmente tapizado de pequeños gorriones muertos. Quedé estupefacto, no supe qué decir o hacer. Al instante apareció una mujer toda trajeada de negro, cuyo rostro, muy delgado y algo amarillento, me pareció familiar, pero no pude en ese instante precisar de dónde la conocía o había visto. Me sonrió con una risa sorda, ausente y con una pequeña pala comenzó a recoger las infelices avecillas y a introducirlas en una bolsa negra de plástico. Eso ocurre por esta época  casi siempre, cuando los vivos van al encuentro de sus muertos; esos son los pájaros de Alina, es el mensaje de algún familiar fallecido, la madre tal vez o… Es Osaín, el dueño de las flores, los pájaros y las mariposas y de todos los colores del universo que dejó este mensaje… No terminó la frase; con una nueva mueca de sonrisa y una mirada distante, larga dio la vuelta y se fue se fue como vino, silenciosamente, casi sin hacer ruido, como temiendo despertar a los que dormían o no queriendo llamar la atención de los que a esa hora salían a sus labores del día, quienes pasaron por su lado y tan solo daban unos fríos: Buenos días, y seguían rápido su camino.

Cerré de nuevo la puerta, lo hice con nerviosismo, me introduje en la casa y llamé a mi mujer para contarle el hecho y ver qué me podía decir de aquello tan insólito que había visto hacía unos instantes.

Si mi amor, esas son mis aves, son el anuncio de que pronto veré a Olivia, y tengo miedo. Se abrazó a mi con temor o nerviosismo. Pensé que eso no ocurriría, pero si, debo verla. Ya los caracoles de Ochosi me anunciaron su llegada y quiero -dijo tomándome las manos- que me acompañes, no deseo ir sola; no es por nada en particular, pero tu presencia me da más fuerzas, quién sabe qué me dirá mamá además, aunque te parezca raro, quiero que te conozca; siempre la recuerdo, la llamo sonando esta maraquita azul, como el mar de tus ojos mi amor, que ella me regaló, porque ella era enorme como el mar, ella era el mar, mágica como esas aguas. Nos tuvo a los tres pero su vientre siempre quiso tener muchos hijos pero no pudo. La última vez que la vi, fue cuando repentinamente murió, no pude despedirme de ella en vida. Supe que había muerto porque aquel día entró por mi ventana un ventarrón y una luz extraña, distinta a la claridad normal del día; no sé decirte cómo era, tal vez fue un presentimiento, algo que sentí dentro de mí que nunca había sentido y no la he vuelto a sentir, fue el olor de Ochosi, un olor de hierba silvestre, a resina con rocío;  tuve la sensación de que ella me llamaba, más esta vez era diferente, instuía un peligro. Ella siempre lo hacía, me llamaba cuando me necesitaba, cuando llegué ya había fallecido, allí se encontraban mis hermanos y mis familiares.

No dije ni media palabra, no quise indagar ni preguntar nada. Después de esa secuencia de cosas tan poco frecuentes y de la conducta de Alina, los pájaros muertos en la puerta, la sensación de vacío total, el eco de los pasos, la aparición inesperada de aquella mujer que sabía a lo que había ido y era como una premonición; tenía la sensación de que pronto se descorrería un velo, una puerta misteriosa se abriría y quizás podía penetrar por instantes al mundo de los muertos, que parecía que en aquel lugar estaba muy cerca del de los vivos.

II 

Un amarillo inclemente lo calcinaba todo en la inmensa ciudadela de los muertos. Ya, a media mañana, el sol tomó el cielo por asalto, las nubes de la madrugada lluviosa se dispersaron temerosas; las pequeñas aves -de la misma especie de las que vi en la puerta de la casa en la mañana- revoloteaban por aquí y por allá buscando en los terraplenes las lombrices que la lluvia de la víspera hizo salir de la tierra; la tierra se tragó de un solo buche el agua matinal. Las hojas de los árboles de la gran ciudad, de esa Habana eterna, brillaban con nuevos verdes y las ramas se mecían jugando con el aire.

Unas treinta o cuarenta personas, un poco apretujadas, buscaban la sombra, en la pesada y soleada tarde, bajo las ramas de uno de los pocos árboles de ese sector del cementerio y sus rostros contritos, tristes, asombrados, adoloridos, curiosos, a duras penas disimulaban la ansiedad. Pronto, en instantes, estarían de nuevo ante sus deudos, los verían como ayer, después de años de ausencia.

El hecho de exhumar cadáveres aparentaba ser normal, puramente administrativo; pero todo el mundo sabía que la dirección de los camposantos  -así fuese aquel imponente y artísticamente acogedor- era diferente a todas las actividades comunes y normales de los vivos, pues en aquellos lugares eran los muertos quienes regían el desenvolvimiento y mandaban sobre los vivos que convivían con ellos parte del día o todo el día… y la noche.

Extraña costumbre aquella  -decía un familiar que esperaba su turno-. ¿Por qué mejor no enterrar definitivamente y para siempre a la gente que moría, dejarla descansar en paz? -se preguntó, dándose la respuesta así mismo- Será cosa de espacio. En el mundo ya hay demasiadas personas, en los cementerios también, por eso aquí los mudan de lugar -se consoló-.

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“Es la voz de Obatalá que está trazando los caminos a las almas que vuelven. ¡Miren esa bandada de palomas blancas! se oyó decir a alguien del grupo.”

Llegó el camión con los obreros desenterradores. Allá, sobre las tumbas, ellos. Aquí, esperando, los que acudían al llamado de la muerte. La pequeña muchedumbre se revolvió inquieta; un policía que ejercía funciones de control, pareció ponerse nervioso. La brisa cálida secó lágrimas y recuerdos y millares de mariposas amarillas y azules salieron de su invernadero, el fondo de los ataúdes de tablas podridas que iban emergiendo entre las manos diestras de los hombres aquellos, sacados de las fosas donde sirvieron de morada a los muertos, enterrados allí hacía pocos años atrás. Campanitas de plata sonaron a lo lejos. Un fuerte olor a nardos despedían las flores de cientos de jarrones sobre las tumbas, impregnándolo todo. Todos nos quedamos fascinados por la hermosura de azules y amarillos de aquellos insectos. Es la voz de Obatalá que está trazando los caminos a las almas que vuelven. ¡Miren esa bandada de palomas blancas! se oyó decir a alguien del grupo.

Acomodados de forma vertical, en fila, uno al lado del otro, quince ataúdes de cada lado de la calzada, abiertos quedaron a la luz del sol que calentó el alma intangible de las fantasmales figuras que emergían impresionantes ante los ojos atónitos de sus familiares. Era un extraño encuentro familiar de vivos y muertos, un singular encuentro de dolores y recuerdos.

La primera en salir fue una dulce niña blanca, de raídas ropas que quedaban en el suelo al tocar su cuerpecillo de esqueléticas ramas de nuevo el piso de la vida que dejó años atrás, cuando su paso por el reino de este mundo cesó bruscamente por la cruel enfermedad que la fulminó en poco tiempo. Llevaba en sus manos una muñeca de goma, gorda, blanca, también de pelo rubio, pequeños brazos, parecía más bien una niña enana. Quiso sonreír y no pudo, la voz desesperada se le escapaba entre los huesos de la carabela y no era perceptible el ¡mamá! que repetía sin cesar.

La madre, de inmediato, reconoció a su hija en los amarillentos huecesillos extendidos hacia ella. Corrió ansiosa y al querer tocarla sólo polvo y años viejos palparon sus manos sedientas. Se dejó caer en el piso y lloró sin consuelo.

¿Cómo esta hoy mi chiquita preciosa? Bien mima ¿y cuando voy a salir de aquí, del hospital? Joaquín, estoy muy preocupada por el estado de la niña, cada vez la veo peor.  Bueno mi amor, pronto te pondrás bien y podrás venirte a la casa con Pipo Joaquín, la abuelita Yaya, tus pececitos y el perrito Tomy que siempre está en tu cuarto, junto a tu camita. Si Caridad, ya el médico me lo informó, la enfermedad se la está comiendo día a día ¿Y se hace pis, mami? No hijita, no, él sólo va a ver si tu ya has llegado.  ¿Te dio fecha, te dijo cuánto va a vivir? ¿Y mis amiguitas, preguntan por mí, mima? ¿Y Marilú, mi muñeca, no pregunta por mí? ¿Cuántos tiempo de vida le queda, Joaquín? Claro amor, pregunta por ti y quiere venir a visitarte, me dijo que te preguntara si le dabas permiso de venir. Unos diez o quince días, lo esencial para prepararlo todo. Claro mima, no ves que a veces estoy aquí muy solita, entre pura gente grande que me hace cosas, me pinchan en las nalgas, me ponen agujas en los brazos, me despiertan en las noches para darme jarabes y pastillas, puaff, que asco mami, ¿hasta cuando voy a seguir en este lugar? Pronto saldrás mamita, pronto…Señora, a su hija le quedan sólo horas de vida, ¡Joaquín, mi amor, se nos muere la niña, se nos muere! ¡Mami, mami, mira el cachunbambé, vamos a montarnos pipo, tu yo! ¡Mira mamita estoy llegando al cielo, no me bajes, ahora yo te subiré a ti con papá! ¡Hija, hija, regresa, no nos abandones! ¡Inlé ayúdame, salva a mi hija! decía la atribulada mujer mientras agitaba un pañuelo de listas verdes.

La escena repetía aquel encuentro familiar. Vivos y muertos se confundían en la cálida, tumultuosa y emocionada tarde tropical. Los fantasmas estaban allí, con quienes amaron o los amaron. No había hacia ellos reproche alguno, tal vez sufrimiento, angustia interior por el inesperado encuentro que traía el presente de aquel lunes de abril el pasado enterrado años atrás, confinado al recuerdo cálido, al olvido incluso. Y de pronto, el reencuentro que ni ellos, los fantasmas, ni tampoco los otros, los vivos, querían.

III

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“La escena repetía aquel encuentro familiar. Vivos y muertos se confundían en la cálida, tumultuosa y emocionada tarde tropical. Los fantasmas estaban allí, con quienes amaron o los amaron. No había hacia ellos reproche alguno, tal vez sufrimiento, angustia interior por el inesperado encuentro que traía el presente de aquel lunes de abril el pasado enterrado años atrás, confinado al recuerdo cálido, al olvido incluso. Y de pronto, el reencuentro que ni ellos, los fantasmas, ni tampoco los otros, los vivos, querían.”

Olivia suspiró igual a como lo había hecho tantas veces en su vida real. Iba con  un vestido de un azul claro, pálido, muy pasado de moda, largo, de los años 50, con mangas largas, un collar de cuentas blancas y verdes. Su rostro se transparentaba y había en él una lividez fantasmal, de un rosado muy blanquecino, amarillento. Las manos marchitas, con las arrugas de todas las edades. Traté de verle los ojos y estaban  lejanos, hundidos, casi imperceptibles. ¿Cómo ha debido sufrir esta buena muje que tiene el valor de la vida? me dije mientras miraba la otra hija que tenía la cabeza gacha.

Algunas gotas de agua cayeron del cielo, plomizo de nubes. Se sentía calor, pesadez pero no llovía definitivamente; una fina lluvia iba mojándolo todo lentamente. El agua caía en gotas e iba disolviendo algunos de aquellos cuerpos de tierra, los desbarataba poquito a poco, los derretía en un charco oscuro que se llevaba la lluvia y nadie parecía percibirlo, ni los vivos ni tampoco ellos, los muertos.

¿Me oyes, madre? preguntó Alina con voz casi imperceptible, conteniendo a duras penas un llanto de emociones represadas por años. Olivia asintió con la cabeza. Te oigo y te veo, hija, también a tu hermana Olga, al amigo Francisco y a ese hombre extraño y bueno que te acompaña y al que amas y te quiere bien, como nadie va a quererte más, dijo con voz que lo abarcaba todo en ese instante, que iba más allá de las tumbas y se perdía en el ruido de la gran ciudad. ¿Para qué estamos juntas de nuevo? preguntó Alina, como para decir algo. Yo no quería venir, yo no quería verte así, madre, ya tú no eres tú, vuelve en paz a tu mundo de oscuridad de donde nunca has debido salir a desenterrar los recuerdos y mi eterno resentimiento por ti que siempre la quisiste más a ella que a mí. ¡Quédate allá con los secretos que tu y yo sabemos y nadie más debe conocer! dijo Olga, hablando por primera vez, rompiendo su pesado silencio. ¡Cállate infeliz! Siempre inoportuna, siempre metiendo la pata, le respondió la hermana indignada. Déjala hija, déjala, tu hermana nunca cambiará, nació torcida, llena de miserias humanas, de envidias, resentimientos como ella misma dice, y egoísmo; hay cosas bellas y hermosas en ella, un lado oculto que nunca aflora, nunca entendí porque, pues prediqué con el ejemplo. Creo que si nada  pude hacer en la vida, prácticamente toda junto a ella ¿podré hacerlo en la muerte? Trata de ser tú feliz al lado de ese hombre, síguelo adonde vaya, lucha por él y por ti y olvídate de Olga y de todo tu pasado de infelicidad. Ayuda a tu hermano en lo que puedas, sigue siendo torpe como un niño, pero es de buen corazón.

Se hizo un silencio sepulcral en el pequeño grupo, nadie dijo nada. Pude percibir unas risas apagadas, risas viejas, risas de tener en sus costillas todos los años del mundo.     Ahora escuchaba sollozos, un niño lloraba, traté de ubicar de dónde venía el llanto pero no pude, no vi nada, Alina se sobresaltó, ¡Es el llanto de mi hijo, lo sé, lo conozco! dijo nerviosa y emocionada, pero pronto se tranquilizó. Todo esto me tiene desquiciada, oigo lo que no es, veo lo que no debo, dijo para sí pero en voz alta. Tal parecía que en esos instantes el tiempo hubiese retrocedido. Escuchaba el sonido de las palabras de los vivos y eran diferentes a la de los muertos, las de estos, las entendía, eso creí por lo menos, pero no tenían sonido alguno, no retumbaban como las otras, parecían las palabras que uno escucha en los sueños.

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“¿Por qué usted se murió, mamá, por qué tuvo que morirse de esa forma, tan repentina, tan inesperada, tan lejos de mí, por qué se fue tan pronto si nos hacía tanta falta?”

¿Por qué usted se murió, mamá, por qué tuvo que morirse de esa forma, tan repentina, tan inesperada, tan lejos de mí, por qué se fue tan pronto si nos hacía tanta falta? Preguntó Alina contrita y bañada en llanto, su hermoso rostro tenso por la pena y los dolores de ese momento y otros dolores viejos, resentimientos, dudas.

Hija mía, la más querida y amada, Olga también lo fue, lo mismo que tu hermano, pero tu siempre fuiste especial para mí y aún te sigo y seguiré amando porque eres como yo, recta, firme, muy honesta y porque has sufrido mucho. Perdiste tu hijo, tu marido traidor te robó, creo que a veces la vida ha sido muy dura contigo. Hija, nadie elige el momento para morir, tampoco la forma de morir; somos un suspiro que pasa por la vida, cumplimos una misión, tratamos de ser los más dignos y cabales posible, pero no sabemos cuándo partiremos. Puede ser un disgusto, una acumulación de dolores y desdichas que no decimos a nadie y cuando menos se espera el corazón se detiene o queremos que se detenga. Pero no sufras innecesariamente, yo estoy bien, te sigo amando porque estoy dentro de ti, además tu hijo está conmigo. Ama a ese hombre bueno que te quiere  tanto, esa debe ser tu preocupación no otra, llega a ese puerto y quédate allí y si es posible ten otro hijo. Adiós hijas, adiós amigo Francisco, adiós señor, haga feliz a mi hija, ya que se ha sacrificado tanto, que viene de tan lejos, no permita que la felicidad se le vaya de las manos, ¡luche por ella! Es hora de separarnos definitivamente familia amada. No sufran en exceso por mí, no hace falta, el mundo de los vivos las reclama, en este mundo no hay dolores sólo descanso.

La conducta de Olga era como si ocultara algo, si temiera que le fuese a pasar u ocurrir alguna cosa, se revelara algo terrible. ¿qué tan grave podía ser? Estaba evasiva; era evidente que se encontraba incómoda en el sitio por eso puso un gesto de contrariedad y fastidio cuando Alina le pidió a la madre que no se fuera aún, que permaneciera unos instantes más y le explicara más sobre su muerte.

Yo te llamé hija, grité desesperadamente en aquellos instantes, me sentía asfixiada, el aire me faltaba y el pecho me dolía. Tu alegre te preparabas para irte al trabajo, ya habías comido, tu marido también, sé que no lo querías, nunca lo quisiste,  no era bueno y nunca te cautivó ni trató de ganarse tu amor; se veía que lo de ustedes era un amor ficticio, aburrido, yo sentía que algo malo se ocultaba en él pero no sabía qué, debía ser mi imaginación, decía. Discutí con tu padre no recuerdo por qué, tu hermana me hizo una de las suyas y después se fue para la calle, me irritaba su egoísmo y vanidad, ustedes eran tan distintas. No sé si grité, pero si te llamé, pensé en ti intensamente, vi hacia el Norte por la ventana del cuarto y quise robarle al mar toda su belleza para que se fuera conmigo junto a tu recuerdo cálido y tu sufrimiento, a ese mundo…

¿Qué sentiste madre en esos momentos? preguntó Alina.

El pecho me dolía mucho. Iba a visitarte ese día porque quería proponerte o sugerirte algo, que te separaras de tu marido que no era un hombre bueno. Yo presentía en él una traición, por esos días sin querer él me confesó que iba a hacer algo terrible, una traición inmensa a toda su familia, a su gente, a sus amigos, a su pueblo;  supe los detalles no porque me los dijera sino que casualmente escuché una conversación donde él le exponía su proyecto a otra persona, tan ruin como ése hombre, eso fue la noche anterior. No era un hombre bueno, nunca te quiso, ese fue un matrimonio que aceptaste siendo niña aún para salir de la tiranía de tu padre, vino después tu hijo que murió prematuramente; ese hombre nunca fue bueno, nunca te quiso, te maltrataba, te vejaba; por años preparó su vil acción, tan sólo esperaba el momento de la traición, como ocurrió después. Claro, era tu vida, pero me dolía tu sufrimiento y pensé ir esa misma noche a avisarte pero me sentía mal ya.

¿Ese era el secreto que usted guardaba y se llevó con usted, eso le causó la muerte, Olga lo sabía? de nuevo preguntó Alina.

En la madrugada me retorcía las manos, estaba sola con aquella terrible noticia para ti que podía frustrarse, ¡si tu hubieses estado allí, hija! No tenía miedo, te lo aseguro, pero te necesitaba, eras lo más bello que la vida me había dado y no quería partir, pero tal vez alguien más poderoso me llamaba, no lo sé o estaría dispuesto en mi libro del destino. Después me entró como un sueño, largo, profundo, escuché el pedazo de una canción que me cantaba mi madre cuando yo era pequeña, entonces claramente vi que  ella venía a mí y me tendió los brazos; papá, apareció, cariñoso como siempre, me alzó en brazos como si fuera una niña, comprendí que había muerto, fue cuando sentiste aquella sensación, una brisa distinta por tu ventana, viste una luz nueva, diferente a la del sol de ese día y no fuiste a trabajar, decidiste venir para acá. Quedé envuelta repentinamente en un silencio conmovedor, roto apenas por el trinar de pájaros lejanos, y repentinamente todo cambió, sentí un frío intenso, hondo, un desgarrón intenso, te veo a ti, a tu hermana, a tu hermano, a tu padre, a tu hijo muerto y lo único que podía hacer, ya que no tenía poder para torcer el destino, era que algún día te diría todo lo que pasó, aunque ya fuese tarde. Los muertos deseamos confesar cosas para estar en paz con nosotros mismos. Tu hermana Olga no lo sabía, no tuve tiempo tampoco de decírselo, sólo le comenté, antes de discutir, que tenía un secreto muy grave que te incumbía, pero no le dije nada, no me dio tiempo, después se fue y en la madrugada me puse mal.

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“He aprendido a vivir, decías, retando con tus brazos extendidos el notte que nos cubría de agua, vivo en un país libre y ya no tengo que pedirle permiso a nadie ni doblarme ante nadie para yo ser también libre, hermano Francisco. Esta niña será mi dicha y razón de ser. No, te dije, esa no, otra tal vez, esa será tu miseria; pero no quisite creerme. Olivia, Yemayá.”

De nuevo el silencio, una rara quietud, una humedad en los rostros que trae el aire lluvioso. Por primera vez habló Francisco, el pequeño hombre de tez morena oscura, de edad imprecisa, amigo de siempre de Olivia y de la familia; a pesar de su apariencia primera, incapaz de llamar la atención, al verlo con más detenimiento descubríamos en él un misterio, algo, no sé… Olivia, viviste siempre entre dioses, parte de la miseria que te cubrió no jue material sino humana. Muchos te temían porque eras buena y justa, Ogga, Alfonso, tu marido, bruto y torpe, aún vive pensando que el mundo es de él. Pero los guerreros te protegían y te protegen recordada amiga. ¿Recuerdas cuando eras muy joven, Ogga estaba por nacé  y me preguntabas, lo hicite un día en el malecón, qué éramo y dónde íbamo en la vida? He aprendido a vivir, decías, retando con tus brazos extendidos el notte que nos cubría de agua, vivo en un país libre y ya no tengo que pedirle permiso a nadie ni doblarme ante nadie para yo ser también libre, hermano Francisco. Esta niña será mi dicha y razón de ser. No, te dije, esa no, otra tal vez, esa será tu miseria; pero no quisite creerme. Olivia, Yemayá.

La tarde fue yéndose lentamente, de nuevo las nubes se dispersaron entrando con su manto rojo. La pequeña procesión comenzó a caminar con lentitud. Vista de lejos era una procesión extraña en aquellas soledades del cementerio. Vivos y muertos juntos, como en el juicio final, el mismo donde se dice los muertos juzgarán a los vivos y estos se acusarán entre sí, se harán reproches, acusaciones; se abrirán viejas heridas, los resentimientos emergerán, más allí, en aquellos instantes, salvo algunas reclamos leves nadie dijo nada; por dentro iba la pena infinita de aquellos fantasmas obligados a salir de sus tumbas para estar más incómodos en la pequeña caja de cemento donde las ásperas manos del enterrador fueron colocando las osamentas.

El rugido del motor del camión donde se van amontonando las urnas deshechas y podridas, con su carga de cucarachas y dolor, no opaca la estrofa de la lúgubre canción que sale de la garganta del más veterano de los desenterradores: Esta es la historia /que contome un día /el viejo enterrador de la comarca…

De nuevo el silencio va llegando, lo va invadiendo todo, apenas queda el murmullo de los vivos que caminan contrariados y tristes con ese dolor a cuestas, que les taladra a unos los recuerdos, a otros la conciencia de si hicieron bien o mal con sus fantasmas cuando estos eran también vivos, habitaban el reino de este mundo.

Quedamos solos Alina, Olga y yo, Felipe se fue adelante, estaba apurado. Caía la tarde con su olor a lluvia. Los gorriones bebían las gotas depositadas en las hojas de los árboles, jugueteaban entre si y parecían reír cuando al pasar por debajo de alguna rama sus plumas quedaban pegadas, adornando el follaje o cuando perseguían a los diminutos insectos voladores. El viento de abril traía la noche en su vientre y el silencio era imponente en la ciudadela de los muertos.

Alina, dijo Olga, tomando por el brazo a la hermana, hoy fue que comprendí lo tonta y torpe que he sido, cómo he errado con mi conducta en la vida, tuvo mamá que venirse a darme una última lección para que entendiera algo tan evidente: te quería más a ti que a mí porque eras mejor, no tenías mis defectos, mis vicios. Ella me amaba pero yo me empeñaba en decir lo contrario, en agredirte y ofenderte. Es verdad hermana, siempre me quise a mí  más que a nadie. Alina la vio con afecto, no le dijo nada y le dio un beso cálido y fraterno.

Ya todo terminó hermana, dijo esta vez Alina, siento que soy otra, no sé si tú, pero yo sí. Lo de hoy ha sido muy fuerte para todos, incluso para él, y se dirigió a mi tomándome la mano. Pero la vida continúa, hay mucho que hacer por delante, debo rehacer definitivamente mi vida y pienso que es al lado de mi compañero. A él y a su amor me debo. Ojalá las cosas mejoren entre todos nosotros, que podamos recobrar la confianza y la amistad, creo que si hay voluntad lo lograremos, recuerda lo que dijo mamá.

Se despidieron, llorando las dos pero más tranquilas, en paz consigo misma cada quién.

IV           

Estoy de nuevo en la casa, veo que Alina es otra, más reposada, menos tensa, despojada de agravios y dudas. Me agradó el abrazo intenso que las hermanas se dieron en el cementerio. Muchas dudas se disiparon, un brillo de afecto resplandeció en los ojos de cada una.

Hoy la situación es otra, más armoniosa, sin tensiones; hay en el hogar una tibieza de corazón abierto. Mi mujer tiene una expresión plácida, dulce, su rostro tiene impresión de niña pura; ya su mirada no está, como ayer, rota, venció los miedos a la muerte. Su cuerpo encendía mi cuerpo como ventana o puerta recién abierta; me contagiaba su alegría, su furor juvenil. Anduvimos juntos, caminando interminablemente por La Habana, muertos de la plenitud del gozo, de una felicidad que ambos inventamos, que no conocíamos, sentíamos que estábamos muriendo de amor.

La Habana, 10 de abril de 1996. La Guayra, 23/25 de junio de 1996.

* El presente cuento forma parte del libro: ‘Los cuatro caminos del cielo’. Primera edición, 2002, Fondo Editorial IPASME. Segunda Edición, 2006, Ediciones El Perro y la Rana.

Pintura de la portada interna: “Amanecer en el cementerio de los hijos de Dios”, parroquia San José, Caracas. 1919. Guache sobre cartón 69 x 54,5cm. Colección de la Galería de Arte Nacional.  Obra del pintor ruso Nicolás Alexeievich Ferdinandov.

Pintura de la portada: María Lionza, obra del pintor cubano Lawence Zúñiga Batista, 1940.

 

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Primera edición del libro de cuentos de Humberto Gómez García, ‘Los cuatro caminos del cielo’, del que forma parte el cuento ‘La tarde de los fantasmas. Edición del Fondo Editorial del IPASME, Caracas, 2002.

 

 

 

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