Opinión 

Cojan palco: Brasil y Colombia chuleándose a la ONU, y le gritan a los venezolanos: “¡Epa locos, please, no se vayan…!

Venezolanos que se fueron para Brasil para trabajos que se los pagarían en dólares, y todo fue una mentira. Aquí vemos dos pidiendo limosnas para medio comer, ¡Qué error cometieron yéndose de us Patria.

José Sant Roz                                                                                Especial del autor para la Revista Caracola

Juan Eduardo Matías Márquez y Victorino García, compadres y andariegos en los avatares de esta vida, ambos de la ciudad de El Vigía, cogieron, no hacia Colombia, que les quedaba más cerca sino hacia Brasil, porque en este país se les ofertaba la golilla de dólar al precio de manteca de burro.

Armados con sus macutos en sus espaldas, y muy felices, este par de gran carajos la veían bien facilito: “en menos de un año tendremos un manojo de dólares y volveremos por estos lares como para comprarnos una buena camioneta y una finquita”. Se refocilaron la noche antes de la partida con sus “costillas agri-dulces” en esteros de estrellas, en trances ardientes como en los cuentos árabes de las mil y una noches. Se llevaron enredados en los besos tantas promesas, como también en las agitadas gónadas una faja con trescientos dólares, y en los bolsillos algunos pesos colombianos porque les prometían que en Ciudad Bolívar sería un tiro convertirlos en una súper bola de reales brasileños.

Pidieron prestados, recibieron ayudas, les concedieron créditos los hermanos, tías, sobrinos y amigos, e hicieron colectas y partieron como ilusos consortes del Dios en busca de El Dorado, alegres…, hacia los confines de la fortuna leve y plena. En tropeles de suspiros de El Vigía salieron hacia Barquisimeto, de aquí a Maracay, luego a El Tigre, de El Tigre a Ciudad Bolívar, y como en una tromba de ilusiones se encontraron con otra cuerda de cojonudos migrantes, hacia Santa Elena de Uairén, en el confín de los confines de la libertad, de la gloria y la fortuna absolutas.

Golpeados, mareados, mamados, consumidas buena parte de los avíos y la plata en bolívares, se encontraron bien tarde en la noche en un caluroso mar de maniguas y alimañas, junto con otros buscadores de El Dorado que aparecían hoy y ya mañana cogían por otros derroteros. Dejando que los ríos de esos otros rabiosos ilusos les mostrara el sendero a seguir. ¡Ay Dios mío!, cómo se hermanan los desgraciados en ese cruento cuento chimbo de que se va hacia el Paraíso, cuando lo que les espera es el mayor de los infiernos: coñazos, maldiciones de los lugareños, un desprecio que ni a los perros ni leprosos se les lanza, que entonces Juan Eduardo, el más joven comenzó a sufrir de una extraña cojera y Victorino a padecer de sangrantes diarreas. El primero se autocatalogó El Gran Cojo Cojonudo de la partida y el otro “El Gran Esqueleto que aún caga”.

A la semana y media de haber dejado El Vigía estaban pelando, y buscaban a una fulana bruja de la selva para les entregara unos documentos “secreteados” en los que se declaraban “perseguidos por la dictadura de Maduro”; documentos que serían llevados ante la Acnur, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y así recibir una ayuda en ropa y comidas. Los hacinaron en unas vaqueras, y les dijeron que en dos semanas llegaría la fulana ayuda, y que serían felices y que se cansarían de tragar perdices.

Transcurrieron dos meses, en medios de fiebres y espantos de fríos con temperaturas ardientes y con kilos de plagas que les eran vendidas a crédito y a intereses bien elevados. Qué carajo podían hacer en aquel estado, que el sueño se les había vuelto fantasías de borrachos y locos, en tan poco tiempo. Los sacaron a palos de la vaquera y los mismos negociantes farsantes de la Acnur que todos eran colombianos, los metieron en los muladares de un matadero: “Cojan huesos y monsergas”, les dijeron.

A los seis meses, con cien años de aterida desolación encima, como pudieron cruzaron maizales, espejismos y tormentas de infortunios, buscando junto con otros desgraciados, el camino de regreso hacia “la espantosa dictadura de Maduro”, pero unos guardias colombianos les cerraron el paso en el camino y les dijeron: “-Déjense de güevonadas, porque si ustedes se regresan cómo carajo entonces nosotros comemos. Refugiado es refugiado, y ese estatus se respeta, carajo. Cada uno de ustedes nos sale por setecientos dólares”.

Ahora me entero, efectivamente, que Juan Eduardo Matías Márquez y Victorino García ayer jueves, 30 de agosto, fueron repatriados entre un grupo de 185 venezolanos, y nos enteramos por todo el cañón que en Brasil viven grandes mafias con la fulana migración venezolana. Que mientras más venezolanos tengan, la ONU se encarga de darles más plata a los delincuentes acogedores de refugiados venezolanos.

Así como les digo que por cada venezolano que se vaya a vivir a Brasil, la ONU otorga a esas mafias por lo menos 700 dólares.

Esto explicaría la campaña mediática internacional que promueve la migración de venezolanos hacia diversas naciones del continente Latinoamericano. Tremendo negocio, nojoda.

 

 

 

 

 

 

 

 

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