Opinión Poesía 

BRINDIS POR Y PARA HUGO CHÁVEZ

BRINDIS POR Y PARA HUGO CHÁVEZ

Grisel Marroquí                                                                                                                                                                                                                                Especial para la Revista Caracola

 

Teniente Coronel

Hugo Rafael Chávez Frías

Cárcel de Yare, 1994

 

Hoy es  4 de febrero.

Se cumplen dos años de aquella madrugada de cañonazos en La Planicie, que anunciaron que la patria buena de Alí Primera había encontrado quien la acariciara y no quien la siguiera manoseando. Ese día, usted cambió la historia.

Ese amanecer hubo asomos de libertad, porque un hombre fue capaz de rebelarse para solidarizarse con su pueblo, porque la libertad y la igualdad, no pueden existir sin la solidaridad.

 

Hoy es 4 de febrero.

En esta nave que se llama tiempo,  en esta catedral del mundo que es la historia,  y en esta casa que se llama Patria, usted es el invitado de honor.

 

Brindemos, Comandante

Brindemos por ese hermoso rito que se llama nacer.

Por la liberación de los pueblos indígenas.

Por la memoria de los yanomami, asesinados en Haximú, por las balas y cuchillos de los Midas del oro, que quemaron sus chabonos ante la indiferencia del gobierno.

Beba chirinche, que beben los guajiros, para que no vuelvan a Jepira, baleados por las escoltas de ningún presidente, para que Manna, florezca en los abrojos del camino y Maleiwa, los proteja de los alijunas de uniforme.

Tome yaraki de los maquiritares, que beben de la yuca fermentada en acción de gracias a Wanadí, por la tierra que florece  en el conuco.

Embriáguese con el ron ámbar de los barrios, donde bautizan a los niños con balas perdidas y los gritos del hambre  enloquecen los oídos.

Beba miche de los páramos que beben los hombres de ruana para engañar el frío.

Beba caña clara que toman los negros al son de los tambores para desenterrar sus alegrías y los llaneros amparados en la sombra de Zamora, contrapunteando la leyenda de Florentino y el Diablo, hablando de Maisanta, en un decir de batallas.

 

Brindemos, Comandante por esas cosas por las que nadie brinda.

Por los niños de la calle  que andan perdidos en la ciudad, drogándose con pega para olvidar el hambre y la soledad. Robándole las horas a la noche. Dibujando papagayos de sueños, que pierden sus colores cuando despiertan en los retenes o en cualquier basurero, compartiendo un festín con los zamuros y   gusanos y nunca supieron de los cuentos que contaban las abuelas.

 

Brindemos, Comandante por esas cosas por las que nadie brinda.

Por el mimetismo de las mariposas.

Por la miel silvestre de las flores que cae dulcita en la boca de los árboles.

Por los recogedores de latas.

Por las mujeres que lavan las pocetas en los restaurantes de lujo.

Por el obrero que limpia las cañerías.

Por el carpintero que construye pupitres para  las escuelas.

Por el vendedor de claveles.

Por la obrera que teje la ilusión que no duerman sus hijos en el suelo.

Brindemos por los conserjes.

Por el sepulturero que ahueca la tierra para sembrar la carne que desecha la vida.

Por el borracho que dice incoherencias en las esquinas de la desilusión.

Por los poetas cómplices de los hechizos del corazón.

Por el zapatero que remienda los zapatos.

Por el campesino que siembra en la tierra sus esperanzas.

Por los maestros.

Por los hombres y  mujeres que barren las calles.

Por las muñecas de trapo de  Sobeida.

Por Graciela Barreto, que alegre nos mira desde el infinito, con sus ojos de india timotocuica y su corazón de azúcar, brindando cervezas con Elías Negretti y  Alí Primera.

Brindemos, Comandante

Brindemos por el  27 de febrero, por los muertos, que reivindicaron nuestros sueños.

Por el sordo que no oyó la voz de ¡alto! Y lo ametrallaron en la esquina de Miracielos.

Por Yumare, por  Cantaura.

Por los pescadores de El Amparo, que no tuvieron tiempo de lanzar sus atarrayas, porque los sorprendieron  hablando con los peces.

Por las cenizas de los presos de Sabaneta.

Brindemos por la caída del más aberrante de los gobernantes.

Asistamos al sepelio de la corruptocracia, de las barraganas, de los farsantes y de los traidores. Asistamos vestidos de rojo. De rojo fuego.

 

Ahora, Comandante brindemos por usted

Por su ascenso y condecoración, porque ese martes, 4 de febrero,  usted fue ascendido  a General en Jefe del ejército bolivariano y condecorado con la Orden que mortal alguno pudo soñar jamás: la Orden de la Dignidad en su Primera y Única Clase, porque usted bien sabe que la dignidad no tiene escalafones. Se tiene o no se tiene.

Brindemos por sus alumnos. Cadetes de azul, de blanco y oro, formados por usted en el legítimo  pensamiento y en el amor libertario de su jefe, Simón Bolívar.

Por la legión de boinas rojas.

Por el ejército republicano.

Por los civiles que lo acompañaron.

Por los estudiantes, sementeras del camino, que se crecen en su ejemplo.

Por sus compañeros de prisión tan valientes como usted.

Por las madres, las viudas y los hijos, que derraman flores los domingos sobre las tumbas de la dignidad.

Por Elena, que representa la gallardía de la mujer venezolana.

Hagamos un último brindis:

En su compromiso con el pueblo no puede existir jamás el subterfugio de la palabra. Usted no se pertenece. El ascenso y  condecoración que le otorgaron ese 4 de febrero lo obligan a conducirlo hasta la ¡VICTORIA!

 

Reciba la profunda admiración,  respeto y  solidaridad, que merecen los patriotas como usted.

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