Opinión 

Barco a la izquierda

La muchacha sirena espera que llegue el barco de Ulises para tentarlo y hacer que encalle en sus riberas para devorarlo de amor o de odio.

Earle Herrera                                                                                                  Especial para la Revista Caracola

Todos navegamos en barcos de papel, pero nadie en esos navíos llegó a puerto. Allí está el encanto y el misterio.  La semana pasada a mi izquierda se hundió un barco. Yo pudiera contar una historia vulgar de zozobras morales, de hundimientos éticos, de naufragios políticos, pero prefiero zarpar en el barco ebrio de Rimbaud. O hundirme en los mares tenebrosos del poeta Argenis Daza Guevara.

Hubo un país donde un oficial de tierra que no sabía de mares y rosa de los vientos compró  barcos y barcazas. Primero negoció chatarras y las hundió, como quien desbarata castillos de arena antes de que las olas hagan el resto. Los castillos y la mano que los derrumba son la metáfora de un país. El oficial no compraba barcos con sus reales, sino con los sacados de las arcas públicas. La otra noche se hundió otro barco a mi izquierda, cansada y  lentamente, sin los espasmos de los mastodontes del diluvio.

Venezuela no es el cementerio marino de  Valéry. Ni la oda marítima de Pessoa. Yo huyo hacia la poesía cuando la náusea ética me sobreviene y estos mareos morales me convulsionan. En mi juventud supe de una muchacha que era navegada por el mar, no recuerdo bien si sobrio o ebrio. Tampoco importa su estado. Yo no estaba en el puerto la tarde que llegó la balandra Isabel, pero bebí en la honradez ética y estética de Meneses. Ely Galindo me invitó una noche a abordar el barco fantasma de sus primeros poemas y me presentó a su desmelenado capitán, el viejo Caronte, más limpio y cándido  que los compradores de ferrys de mi país en mar picado. Que me cante Iván Pérez Rossi la barca de oro y el timón de plata, bajo la batuta de Diego Silva, capitanes de albas y auroras.

Está bien que la orquesta no haya dejado de tocar la noche del Titanic. A veces, todos somos Ulises y nadie es sordo. A la medianoche del viernes quemaron la casa de mi madre en mi pueblo. Como el fuego  derrumbó el techo, desde los escombros pude ver el cielo limpio y un pájaro pasar. Si consigo unos clavos y unos maderos, lo restauro. Desde el humo, no oí ninguna voz del poder preguntar nada. Ayer, de viaje hacia la isla de mis nietas, a mi izquierda se hundió un barco sin resuellos éticos. Su comprador vive en el Norte, feliz. Sobre la proa, se incendiaba la casa de mi madre.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.