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Argentina: Una explosión largamente demorada en ser informada

Emilio Marín *

Cortesía de Prensa Latina para la Revista Caracola

Buenos Aires (PL) La última comunicación del submarino argentino ARA San Juan con la Armada fue el 15 de noviembre, a las 07:30 hora local. Habría dado cuenta de algún inconveniente, aparentemente menor, y seguiría viaje a Mar del Plata.
Desde entonces no hubo más noticias del submarino y a partir de cada hora la preocupación por sus 44 tripulantes fue en aumento. La búsqueda según la Armada comenzó de inmediato con barcos y aviones, y en la base de Mar del Plata se centró la conducción del operativo.

El vocero, capitán Enrique Balbi, daba la cara ante una ensalada de micrófonos que se abalanzaba hacia él, dos veces al día. Era notoria la ausencia del gabinete y del presidente Mauricio Macri en proporcionar esa información y ponerse a la cabeza de la fuerza en la búsqueda.

Macri estaba en uno de sus habituales fines de semana en el paradisiaco centro recreativo de Chapadmalal, listo para disfrutar de lo mejor que sabe hacer, descansar.

Peor fue la situación del ministro de Defensa, el improvisado Oscar “Milico” Aguad, devenido a esa cartera tras su escandaloso acuerdo con la condonación de deuda por 70 mil millones de pesos (unos cuatro mil 22 millones de dólares) a la familia presidencial en la quiebra de Correo Argentino. La crisis del submarino lo sorprendió en Canadá, con misión incierta en Norteamérica.

Como el oxígeno en la nave siniestrada podía alcanzar sólo para cinco días, cada jornada agregaba angustia y tristeza en sus familiares y la población argentina.
Las naves abocadas a la búsqueda no reportaron novedades, tampoco las de otros seis países que aportaron a la búsqueda, entre ellos Chile, Estados Unidos, Reino Unido y Rusia.

Los medios amarillistas estaban en su salsa. Morbo para escarbar en el dolor de los familiares más desesperados, y que empezaban a descargar su bronca contra el gobierno y los uniformados. “Cholulismo” para entrevistar a capitanes de marines yanquis que con equipos supersofisticados podían buscar a miles de metros de profundidad y subir sobrevivientes a partir de submarinos no tripulados.

Hasta los medios anticomunistas disimularon su macartismo para dar la bienvenida a los enviados rusos del almirante Vladimir Valuev. Llegaron en una aeronave de carga Antonov 124, de las más grandes del mundo, trayendo un vehículo sumergible teledirigido Pantera Plus.

PATAS CORTAS

La insatisfacción de los familiares se había expresado ante Macri en la breve reunión que tuvo con ellos el 20 de noviembre en la base de Mar del Plata. Allí hubo quienes le preguntaron, en rigor lo increparon, por qué no había presupuesto suficiente para comprar naves nuevas, en vez de estar navegando con submarinos que a la luz de la práctica no eran seguros.   El aludido no pudo dar respuesta. Se amparó en que había que aguardar el resultado de la búsqueda y luego el estudio de la nave, generando aún ciertas expectativas, en declive, de que esta historia tuviera un final feliz.
Es muy probable que Macri cavilara desde que supo la noticia en cómo derivar la culpa o responsabilidad en el gobierno anterior, en la gestión de los exministros de Defensa Nilda Garré y Agustín Rossi.

Habría sido lo ideal, para zafarse de las críticas y no tener que pagar un precio político cuando la alianza PRO-Cambiemos venía probando las mieles de la victoria electoral de octubre.

Se dice que la mentira tiene las patas cortas. Y se confirmó en este episodio. La marina del almirante Marcelo Srur supo que el día de la desaparición del submarino había habido en la zona una explosión, tres horas más tarde. Y con toda alevosía, lo ocultó.   En una de sus comparecencias ante los periodistas, el vocero Balbi habló de una “anomalía hidroacúsica” y siguió de largo con el resto de su palabrería hueca. Un saludo a la bandera, como se dice.

Unos días más tarde no pudo seguir gambeteando. El 23 de noviembre se supo que desde Austria, por un registro internacional que rastrea pruebas atómicas -siempre apuntando a Corea del Norte e Irán, no a las potencias del ramo- que el 15 de noviembre a las 10 y 30 horas había registrado un “evento anómalo, corto, violento y no nuclear compatible con una explosión”.

Esta data fue confirmada por el embajador argentino en Austria y exdirector adjunto de la Organización Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, y transmitida a Buenos Aires.

Silencio mal guardado y peor orientado políticamente. La entelequia del vocero Balbi de “anomalía hidroacúsica” se convirtió en explosión. En un submarino, a muchos metros bajo el mar, eso tenía un claro significado de muerte para la mayoría o todos los tripulantes.

Así se disparó la polémica. Los familiares se fueron encima del vocero, pero también en las redes y en los medios la discusión se hizo áspera. Mentirosos, asesinos, cobardes, fueron algunos de los insultos que cayeron sobre los uniformados y los gobernantes.

PARECE UN ACCIDENTE

El submarino argentino ARA San Juan ¿fue torpedeado por un buque norteamericano o inglés en prácticas militares secretas?

Desde el 23 de noviembre uno de los aspectos más relevantes de la búsqueda, encontrar vivos a los 44 tripulantes, no sería logrado. Esto es una tragedia nacional; supera antinomias con mucha razón de ser en otras áreas políticas, sociales e ideológicas. Vale decir “somos todos tripulantes del ARA San Juan”, como homenaje.
El club Colón cambió su camiseta para recordar a los 44. En las escuelas se deberían hacer clases alusivas, y que no se le ocurra a la Gendarmería interrumpirlas como hizo en varias escuelas y universidades, por ejemplo en Psicología de Rosario, cuando se honraba al desaparecido Santiago Maldonado.

El homenaje al submarino puede tener otra razón extra de validez: que además de homenajear a los marinos y su vocación de salvaguarda nacional, ponga en debate qué tipo de Fuerzas Armadas se necesitan, con qué doctrina, con qué planes, con qué aliados geoestratégicos, cómo hacer para recuperar Malvinas de manos inglesas.
Y también, último pero no menos importante, con qué presupuesto de Defensa y qué armas operativas se debe contar, en muy buen estado de mantenimiento.
Sobre lo sucedido hay varias hipótesis que deberán aguardar los análisis del material, una vez que sea hallado y subido a la superficie para la pericia. Eso como segundo paso, pues lo fundamental es hallar los cuerpos y rendirles los honores. Lo de los fierros viene después.

La principal hipótesis es el accidente y la explosión, por alguna falla técnica. En el macrismo había muchas ganas de echarle la culpa al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, porque total qué le hace una mancha más a la tigresa…

Pero esa mentira no podrá ser porque los arreglos de media vida, realizados hasta 2014 con participación de técnicos alemanes del fabricante, tuvieron pruebas y certificado de calidad. La Armada dio ese conforme en octubre de 2016, durante el actual gobierno. Mal podría ahora argumentar que aquellas reformas estuvieron mal hechas. Sería como dispararse un misil a la Rosada.

También circularon versiones en el campo de los opositores antimacristas: la nave no habría desaparecido sino que estaba participando de ejercicios secretos con la armada estadounidense. Otra hipótesis delirante fue que había sido abatido por una nave inglesa, comenzando otra guerra por Malvinas. Otra, acorde a los tiempos conspirativos que corren, sobre todo desde las Torres Gemelas, aseguraba que era un atentado de “falsa bandera”.

El cronista no quiere pecar de ingenuo, pero tampoco desea incurrir en paranoia ni delirios de persecución. No teme decir y pensar que se trató de un lamentable y doloroso accidente; ni guerra ni agresión externa. Tampoco fue una suerte de acorazado Potemkim como inventó un dirigente, según el cual el ARA estaba aguardando el 20 de noviembre, día de la Soberanía, para emerger victorioso con un pronunciamiento contra el gobierno de Macri.

LA CRÍTICA

Los esperanzados familiares de los marinos que iban en el submarino argentino colocaron pancartas en el puerto, que recogen el sentir de los que anhelan ver a su familia desaparecida.

Que haya sido un accidente no salva de críticas al gobierno nacional y las Fuerzas Armadas. Ambos ocultaron y evadieron el problema pese a la información que disponían, sobre la explosión.

Además el presidente, a la vez comandante en jefe de las FF. AA., estaba de mini y repetidas vacaciones, y al país le habló por primera vez, brevemente, el 24 de noviembre, o sea, nueve días después de la tragedia. Tarde Macri, muy tarde…
En tercer lugar, así como quedó demostrado que Aguad no podía ser ministro de Comunicación, tampoco acreditaba capacidad para Defensa. Y hoy el presidente lo protege, cuando debió pedirle inmediatamente la renuncia por inútil, a él, a Graciela Villata y al resto de sus funcionarios de esa cartera. Debían ser despedidos igual que el almirante Srur.

El problema ya no es tanto tal o cual ministro, sino el presidente que los avala. Lo hizo con Juan J. Aranguren en los tarifazos, con Aguad en el Correogate, con Luis Caputo en los “Paradise Papers”, con Patricia Bullrich en la represión de Gendarmería en Chubut…

Se dice que la culpa no es del chancho sino del que le da de comer. Eso, sin olvidar la responsabilidad de los muchos argentinos que votaron esa chanchada.

*Analista político argentino, colaborador de Prensa Latina

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